Un proyecto de la Orquestra del Caos
Con el soporte de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID)
Campaña de recogida de datos en el Trapecio Amazónico . Colombia . Brasil . Perú (Leticia – Tabatinga - Santa Rosa)
La primera zona elegida por Sonidos en Causa para el registro de paisajes sonoros abarca los alrededores de la población colombiana de Leticia. La razón principal de esta elección está en que la existencia de la sede leticiana de la Universidad Nacional de Colombia, entidad con la que la Orquesta del Caos mantiene relaciones a distintos niveles, fue considerada especialmente propicia a las labores de producción inherentes a la campaña de recogida de datos. Las tomas de sonido tuvieron lugar entre los días 11 y 22 de Octubre de 2009. La metodología con la que se llevaron a cabo se describe más adelante.
En el sur de Colombia, por debajo de la línea ecuatorial, se distingue fácilmente el denominado Trapecio Amazónico. Es una vasta extensión de selva que fue definida políticamente en los inicios del siglo XX. Poco tiempo después y a raíz de los acuerdos limítrofes con Brasil y Perú, la cooperación internacional produjo la fundación de las ciudades de Tabatinga en el costado brasileño y Leticia en Colombia, ambas situadas sobre la ribera oriental del río Amazonas. Perú cuenta con una pequeña población denominada Santa Rosa que se encuentra en una gran isla, justo enfrente de Leticia y Tabatinga.
Esos territorios son en su totalidad planos, cubiertos de selva y sus suelos, como los de toda la cuenca amazónica, muy ácidos y pobres en nutrientes. No permiten, pues, la explotación agropecuaria comercial. La principal actividad económica del municipio de Leticia es el comercio, que se desarrolla intensamente con las poblaciones cercanas pertenecientes a las repúblicas de Brasil y Perú, seguida por los servicios y la explotación de los cursos pesqueros y madereros de su jurisdicción. Históricamente, Leticia ha tenido problemas con las basuras y en la actualidad la ciudad no cuenta con una gestión integral de residuos sólidos adecuada, dado que el servicio de aseo en los componentes de recolección y transporte se presta con inconvenientes tanto logísticos como operativos. Esta situación se convierte en un fuerte factor de detrimento de los recursos naturales en una región considerada de gran valor ambiental para el mundo entero. La aparición de estas poblaciones en medio de la selva del Amazonas es excepcional y el impacto que ello representa en el ecosistema primario es en sí mismo un hecho muy poco documentado. Son muchas las transformaciones que ha sufrido la zona desde su colonización, donde cuestiones como la mezcla de razas, de costumbres, las comunicaciones, la industria y el turismo, la basura, los medios de transporte, vienen a entablar una relación de convivencia directa con la selva, lo que entraña en sí un continuo proceso de adaptación entre las comunidades humanas y la naturaleza.
Los tratados internacionales entre Colombia, Perú y Brasil, permiten el acceso libre a esa zona en un círculo de 300 km. de diámetro. Ello facilita la recogida de datos sonoros en los tres territorios nacionales. Esta realidad se constituye en suceso patrimonialmente relevante. Dado que estas poblaciones no cuentan con una red estructurada de carreteras y sólo se puede acceder a ellas por vía fluvial, con largas trayectorias, o por vía aérea, los pobladores de cada enclave tienen más relación con sus vecinos de otras nacionalidades que con sus propios compatriotas de otras regiones del país. La circulación de indígenas originarios de la selva circundante es habitual en esas poblaciones, de manera que se mezclan en las calles con colonos, pobladores venidos de todas la regiones del país, y, también, con turistas, cada vez más numerosos. Estamos convencidos de que el paisaje sonoro ha cambiado y va a cambiar aún más dramáticamente en los próximos años. También a causa de esta especificidad, la zona es de especial interés para nuestra propuesta.
Personas con las que hemos colaborado en la campaña de Leticia
Fernando Franco Hernández, Universidad Nacional de Colombia. Director de la sede de Leticia
Roberto García Piedrahita, Universidad Nacional de Colombia. Bogotá . Artista
María Cristina Peñuela, Universidad Nacional. Leticia. Grupo de Ecología de Ecosistemas Terrestres Tropicales
Juan David Turriago, Universidad Nacional. Leticia. Grupo de Ecología de Ecosistemas Terrestres Tropicales
Roberto Pineda, Universidad Nacional de Colombia. Bogotá . Antropología
Felipe César Londoño, Universidad de Caldas. Decano de la Facultad de Humanidades . Festival internacional de la Imagen
Adriana Gómez , Universidad de Caldas. Directora del Master Multimedia
Blanca de Corredor , Antropóloga
Lidia Blanco, Directora del Centro de Formación de Cartagena de Indias
Raquel Collazos, Centro de Formación de Cartagena de indias
Xavier Hurtado, Universidad de los Andes . Bogotá . Videoartista
Alba Calle, Fotógrafa
Oscar Paz, Facultad de Ingeniería. IIA. Universidad de La Paz . Bolivia
Edson Ramírez , Universidad de San Andrés . Bolivia
Actividades relacionadas llevadas a cabo durante la estancia en Colombia
Algunos de los resultados de Sonidos en Causa han sido presentados públicamente en los siguientes lugares :
1.Universidad de los Andes. Bogotá
2.Universidad de Caldas . Manizales
3.Congreso sobre el cambio climático. Recinto del Pensamiento . Manizales
4.Centro de formación de Cartagena de Indias.
Hemos establecido por fin contactos fiables con investigadores Bolivianos. Se trata de Edson Ramírez de la Universidad de San Andrés y Oscar Paz del IIA de La Paz.
Desarrollos ulteriores relacionados con este viaje
Hemos mantenido reuniones con diversas personas encaminadas al mantenimiento de las actividades de Sonidos en Causa en Colombia.
-Fernando Franco Hernández, Director de la sede de la Universidad Nacional de Colombia en Leticia nos propuso la realización de un seminario estable así como la toma de sonido estática durante períodos largos en el recinto de la reserva del Campus de Leticia
-María Cristina Peñuela, responsable de la estación biológica de El Zafire, igualmente se mostró interesada en que instaláramos el dispositivo de grabación estática en El Zafire durante un tiempo arbitrariamente largo.
-Felipe Londoño, Decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Caldas, también está interesado en la realización de un seminario sobre el paisaje sonoro, así como la instalación del dispositivo de grabación estática en el recinto de la Universidad de Caldas.
-José Manuel López López, Director del Auditorio Nacional (Madrid), nos mostró su interés por acoger una muestra de Sonidos en Causa.
Próximas Campañas
Ya estamos en conversaciones muy avanzadas para la realización de tres campañas de toma de sonido durante el año 2010. Estas campañas tendrán lugar en :
1.Goiânia . Brasil
2.Rara Avis . Horquetas de Sarapiquí . Costa Rica
3.Puerto Iguazú, Wanda y Puerto Esperanza . Misiones . Argentina
1. Goiânia . Brasil
La campaña tendrá lugar en las inmediaciones de la ciudad brasileña de Goiânia, cercana a Brasilia y en la sabana brasileña que la rodea. Goiânia es una ciudad de unos 50 años de edad. Tiene dos millones de habitantes y ha crecido a expensas de Brasilia.
Nuestras personas de contacto son la profesora Maria Geralda de Almeida de la Universidad Federal de Goiás y Vinicios Terra gestor de CESC y profesor de Universidad de Sao Paulo. Estamos tratando de fijar el mes de febrero para esta campaña de recogida de datos.
2. Rara Avis . Horquetas de Sarapiquí . Costa Rica
Se trata de una zona muy apartada donde hay poca contaminación, pero sin embargo, existe un teleférico que amenaza con un uso turístico masivo. La campaña tendrá lugar en Abril de 2010.
Nuestro colaborador en la zona es el compositor Otto Castro.
3. Puerto Iguazú, Wanda y Puerto Esperanza. Misiones. Argentina
La presencia de empresas papeleras en Wanda y Puerto Esperanza, a orillas del río Paraná, a unos 40 kilómetros de Puerto Iguazú, pone en peligro la selva de Misiones. Se trata de una zona de interés turístico cuyo paisaje sonoro se ve amenazado tanto por la industria papelera, que tiende a reducir el número de especies de plantas y animales, como por los desarrollos incontrolados de ciertas iniciativas turísticas como, por ejemplo, la creación en 2002 de un helipuerto en la parte Brasileña de las Cataratas del Iguazú, o la iniciativa del Ayuntamiento de la localidad Brasileña de Foz de Igauzú, consistente en la iluminación nocturna de las cataratas, así como la proyección sobre éstas de la imagen de su descubridor, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, por medio del empleo de rayos láser. Es evidente que el paisaje sonoro de la región se encuentra ya seriamente afectado, pero de continuar los excesos de la explotación turística, puede llegar a estarlo mucho más.
La campaña tiene lugar en Septiembre de 2010. Personas de contacto : Gonzalo Biffarella (Profesor de la Universidad de Córdoba. Director del Museo Genaro Pérez), Pancho Marchiaro (Director del Centro Cultural España. Córdoba)
Archivos y diario de las tomas de sonido
Por diversas razones, no todas las localizaciones se asocian a algún archivo de audio. Por ejemplo, las grabaciones nocturnas realizadas en ausencia aún no han sido subidas a la red. En breve lo serán. Sin embargo, en la mayoría de ocasiones sí ocurre y, en ese caso, el vínculo al documento mp3 correspondiente aparece siempre bajo el nombre de la localización. Conviene señalar aquí que los archivos en formato mp3 no son los ideales para la escucha del paisaje sonoro y que muy pronto se dispondrá en las sedes de la Red de Centros Culturales de AECID de copias de los archivos originales grabados a 24 bit de resolución y 48kHz de frecuencia de muestreo.El servidor de archivos está activo todos los días, de 12.00 a 03.00, hora española.
Por supuesto que los archivos de esta página pueden ser empleados libremente en todo tipo de proyectos. Sin embargo, conviene tener en cuenta que el empleo de alguna información del presente archivo genera el compromiso de cumplir tres requisitos. El primero es la cita de la procedencia del material empleado en todas las publicaciones : Proyecto Sonidos en Causa de la Orquesta del Caos, el link en Internet: http://www.sonoscop.net/sonoscop/sonidosencausa/ y el logotipo de la Orquesta del Caos. El segundo, que el trabajo realizado a partir del material descargado sea enviado al archivo Sonoscop con el permiso explícito de consulta pública. El último requisito consiste en dar permiso a la Orquesta del Caos para incluir el trabajo en la programación de Zeppelin-Festival de Proyectos Sonoros, en el caso de que la dirección del festival lo considere oportuno.
Para llevar a cabo este intercambio de información, los usuarios interesados en el empleo de estos documentos deberán escribir un correo electrónico a caos@sonoscop.net
9.10.2009
S4.12.119-O69 56.086. 00.00 . 9.10.2009
Casa Alba . Grabación en ausencia
10.10.2009
S4.12.119-O69 56.086 . 00.00 . 10.10.2009
Casa Alba . Grabación en ausencia
11.10.2009
S4.12.119-O69 56.086 . 00.00 . 11.10.2009
Casa Alba . Grabación en ausencia
12.10.2009
S04.12.932-O069.56.720 . 10.15 . 12.10.2009
Malecón de Leticia . Toma 1
Damos comienzo a nuestras grabaciones en el Malecón de Leticia. Concretamente, en su punto más al norte y, por tanto, más alejado de Tabatinga, con la idea de ir cubriendo el trayecto que nos lleva a esa población brasileña. El paisaje sonoro es muy variado, con muy poca intensidad y, quizá, si una es comparable a la otra, con densidad aún menor.
El Malecón queda por encima de nuestra posición en el lecho del río, cercana al lugar donde las barcas atracan. Algo mas tarde, cuando Dora venga a buscarnos para organizar nuestro viaje a Sacambú y nos llame desde la barandilla, sabremos que a este lugar sólo llegan barcas pequeñas. El río está bastante bajo y las balsas flotantes de avituallamiento descansan sobre el lecho.
Son las 10:15 de la mañana. La gente que se dirige a las barcas, cambia su trayecto discretamente para ver qué hacemos. Si se acercan por detrás, a penas se les oye venir. Hay unos que arrastran tablones. Otros, llevan pedazos enormes de pescado a la espalda. También, unas sandías enormes. Los motores de los peque-peques se paran al atracar las barcas. Y arrancan de súbito cuando el pasaje se completa. Es una lástima que tenga más de 50 años y no 20. ¡La de agudos que un oído joven distinguiría aquí!
S04.13.021-O069.56.706 . 11.17 . 12.10.2009
Malecón de Leticia . Toma 2
Nos hemos desplazado unos 150 metros hacia el sur. El trasiego de barcas es mucho mayor por aquí y Dora tiene razón : son mucho más grandes. A lo lejos se escucha la musiquita de los chiringuitos cercanos al camino y las voces de la gente. Está lleno de buitres. Debe ser porque hay muchos desperdicios y huele fatal. A fruta podrida y pescado, básicamente. Chulos, les llaman aquí a esos bichos. No me caen muy simpáticos, pobres ; aunque no puedo dejar de pensar que son el mejor dispositivo de limpieza del que el Ayuntamiento de Leticia parece disponer. Su acción es lenta, pero seguramente, continua y sostenible. El sol pica muchísimo. Menos mal que hemos comprado gorras, porque Carlos y yo, que no teníamos, en los veinte minutos que ha durado la toma anterior, casi pillamos una insolación. La mía es horrible y pequeña, con un bordado dorado de pésimo gusto, pero era la única gorra blanca que había en el almacén.
Las lanchas vienen a oleadas y poco a poco me voy dando cuenta de que las hay de varias clases. También, de que llevan distintos tipos de motores. No todas las que pasan por aquí se impulsan con peque-peque. Sus motores producen sonidos bien distintos y ello depende, además de la potencia y de las revoluciones a las que el motorista los somete, de sus particularidades mecánicas. El motor de cabecera de los navegantes amazónicos actuales, el peque-peque, es pequeño, no muy potente. A pesar de ello, es, sin duda, el má ruidoso. El sonido que les da nombre es una característica ineludible del paisaje sonoro cercano a todo el Amazonas. No creo que sean de dos tiempos, como alguien ha dicho. Más bien, me parece a mí, son de fuel. La hélice se encuentra al extremo de una larga pértiga, particularidad que permite mucha maniobrabilidad a las lanchas que lo llevan. Oí una vez decir a alguien que los indios los emplean mucho porque no les afectan las premuras de tiempo. Tal vez. También, muy posiblemente, porque gastan mucho menos que otros motores. Los Yamaha grandes también parecen ruidosos. En cambio, acabo de ver un barco con un Mercury muy grande que a penas hacía ruido.
Las lanchas rápidas levantan oleaje al pasar y cuando la onda llega a la orilla, chapotea. Dulce sonido en contraste con el sabor ácido que se adivina en las basuras donde los chulos retozan. Estamos en un lugar de contrastes. No hay ninguna duda.
S04.13.132–O069.56.701 . 11:28:25 . 12.10.2009
Malecón de Leticia . Toma 3
Justo frente a nuestra tercera posición, cerca de la orilla, en un descampado, unos cientos de metros aún más al sur que la segunda, y a setenta de distancia del camino que presumiblemente lleva a Tabatinga, siempre ante Isla Fantasía, que, a pesar de la proverbial movilidad del río, permanece al otro lado del canal, las lanchas viajan mucho mas rápido, de manera que sus motores suenan muchísimo más fuerte. Como las paredes del canal en este punto son altas, los ecos parecen amplificar los sonidos. Dan un verdadero espectáculo sonoro. Sencillamente, tremendo. Bello, pero tremendo. Tanto, que me pregunto cómo es posible que algo así pueda impresionar favorablemente mi sentido de la belleza. ¡Van a saturar la grabación, a pesar de que nos separan más de 10 metros del lugar por donde pasó el que más se acercó.
Al llegar la calma, se distinguen los graves de la música de las casas de atrás, que están al otro lado del camino. Claro que si me desplazo algunos metros hacia ellas, puedo escuchar las motos, el medio de transporte más popular en las poblaciones de la zona y, cuyo motor, como el de los peque-peques, es responsable de uno de los sonidos más abundantes de por aquí. La ciudad entera suena a motor de explosión. Cuando llega la dicha de que ni motos ni lanchas se empeñan en ser máscara de todo sonido natural, junto al bum-bum de la música, se escuchan motores eléctricos, quizá ventiladores. No hay descanso ni dicha completa. Sólo grados de contaminación acústica.
Tras la sesión de grabación de esta primera mañana, al entrar en la ciudad por la rampa que sube desde el río y a cuyos lados se atesta multitud de comercios y chiringuitos, nos sorprende que cada uno dispare al paseante su propia fuente de música. Vallenato y Reguetón como género dominante, aunque sin duda hay otros. Como en el bar de esta mañana, pienso para mis adentros, donde se escuchaba la radio, la televisión y el equipo de música a la vez. Como antes en Navidad y ahora durante todo el año en las calles comerciales de Barcelona o casi de cualquier ciudad del mundo, también aquí, música y música por todas partes. Para mí es síntoma de la misma plaga que nos lleva a calentar el mundo hasta el extremo de estar poniendo en peligro nuestra propia existencia.
A la hora de comer, por tener cara de guiri y estar sentados en una agradable terraza, ataque a mano armada de una flautita mal tocada : estoques a base de hits andinos mezclados con restos del Himno a la Alegría. Vaya, que el virtuoso nos ha fastidiado durante un ratito. Maldito. Encima, como no sé quién le ha dado propina, ha pretendido regalarnos los oídos con un Moliendo café infecto que ha terminado transformando en no sé qué musiquilla. Entre la música de sabor andino-caribeño-viejocomunista, el Vallenato y el Reguetón, lo isomórfico del paisaje sonoro urbano sólo puede verse afectado por el fragor de unas motos que, por suerte, nadie conduce con demasiado nerviosismo. Ventajas del Trópico, aunque eso no quiere decir que no tengan accidentes.
S04.13.752–O069.56.629 . 15.40 . 12.10.09
Puerto de Tabatinga . Toma 1
El bar de Tabatinga donde hemos tomado unos refrescos antes de empezar nuestras sesiones de grabación es bastante tranquilo. Unos lugareños juegan a las cartas y Carlos se preguntaba como sería esto de bonito si no hubiera música. Al menos, pensaba yo, no estaba tan fuerte como en los bares de Leticia. Sonaba una música que no sabría cómo llamar. Internacional, tal vez. Canciones de Eurovisión y otras cosas así, todas bastante vulgares. En cualquier caso, mucho menos fuerte y distinta de la que ahora resuena por todo el puerto. Como el de Leticia, se escucha sumido en una pelea de vallenatos, reguetones y quién sabe qué otras especies. Poquísima Salsa y algo de canción melódica brasileña. Desde luego, nada de Samba ni Bossa-Nova. No parece haber lugar para sutilezas, aquí.
Como al puerto de Leticia, llega fruta y pescado. Seguro que otras cosas, pero no se ven. ¿De dónde vendrán los alimentos? Hay muchos más tenderetes que en Leticia y la gente acude a comprar también en mayor número. Parecen más ricos que en Colombia. Se levanta un poco de viento y casi al mismo tiempo me hago consciente de unos sonidos percusivos. Parece que sobre plástico; diría que se trata de contenedores. Los motores de las lanchas se oyen lejanos en este punto. Un poco más arriba, el canal de Leticia sale al Amazonas abierto. donde el río es bastante más ancho, de manera que no es raro que los motores suenen muchísimo más lejos. Su régimen se aprecia mucho mayor, porque hay muchas lanchas que no paran. Quizá vayan a Leticia. Desde aquí no se puede saber. El fondo debe ser más profundo, también, porque se ven barcos de mucho mayor calado. Uno es militar, de la Marina de Colombia. Se halla frente a un puente metálico verde y amarillo, muy llamativo, justo en la línea fronteriza entre Brasil y Colombia, por donde debe llegarle el avituallamiento.
Un sonido que supera el nivel del de la mayoría es el de las puertas de las camionetas de los transportistas de tierra y sus trajines: golpes sobre la chapa de sus vehículos, motores que arrancan, otros que paran, cajas que entran y salen, sacos que se depositan sobre el piso metálico ... El martilleo en las balsas flotantes de avituallamiento y los golpes sobre los contenedores se reflejan en la fachada de madera de las casa de atrás, ésa cuyo único componente metálico es la antena parabólica dispuesta horizontalmente sobre su tejado. Como siempre, algún niño corre y grita. También hay adultos que lo hacen. Los menos ruidosos son los porteadores. Si uno centra la mirada en ellos, parecen personajes de una película con una banda sonora equivocada. Remontan el lecho del río cargados con sacos inmensos de cebollas. Son más grandes que ellos y es casi seguro que pesan más. Se sirven de una cinta para tirar del saco también con la frente. El paso de unos pocos años así terminará silenciosamente con su columna.
S04.13.831–O069.56.645 . 15.54 . 12.10.2009
Puerto de Tabatinga . Toma 2
La posición de grabación es ahora el extremo sur del malecón de Tabatinga, muy cerca del agua. Tras de nosotros, a ocho metros escasos, un chiringuito atrona con vallenatos que, por la confusión, se me antojan corridos mexicanos. Cosas de la percepción alterada, seguramente. Para mis adentros me digo que parecería ser el caso opuesto al de la privación sensorial. Tiene sentido pensar que la saturación de los sentidos es capaz de producir efectos perceptivos emparentados con los de la privación. Ese chorro de sonido es omnipresente y está aún más fuerte que el generador eléctrico que rabia justo enfrente de mí. Tan fuerte es, que el subir y bajar de la gente de las barcas ni se oye. Unos niños se han instalado delante del micrófono. Las voces son agudas; el paso, rápido y algo tímido. Se acercan todo lo que pueden.
La música lo enmascara casi todo. Aparte del generador, se oye la música melódica de Eurovisión que sale del muelle flotante que tengo delante. No escucho motores de barcas, a pesar de que las veo transitar por el río. Otra vez, esa sensación de estar ante una película con una banda sonora incoherente. Por fin escucho un pájaro. Es muy rítmico. Apenas para. Da vueltas a mi alrededor. Llovizna, pero muy poco. Se nota en el agua, pero nada parece cambiar. Acaba de tronar y el pájaro, que había parado de cantar, reanuda su letanía. Hace años que no veo el arco Iris. He tenido que venir al Amazonas para verlo por encima de la barraca de la que sale ese chorro de tortura compuesto de vallenatos, chucuchucus y corridos, sólo comparable a las canciones de Eurovisión del establecimiento de enfrente. Una tercera música caribeña, pero bien colonizada, entra en conflicto con las anteriores. No puedo determinar el ritmo. ¡Tanta confusión hay! Sólo oigo el acordeón. Será vallenato. Casi lo aseguraría, pero hay demasiada follón. Finalmente, compruebo que el pájaro en cuestión no es otra cosa que una rana y que la fuente de vallenato no era sólo una : cada chiringuito del puerto emite su propio vallenato o canción melódica brasilera. Las indias que tengo delante parecen perplejas; pero ¿es por nuestra apariencia de extranjeros o es por el guirigay éste que no hay quien lo aguante?
S04.13.848–O069.56.631 . 17.00 . 12.10.2009
S04.13.848–O069.56.631 . 16.50 . 12.10.2009
Puerto de Tabatinga . Tomas 3 y 4
Esta toma tiene lugar ahora en un montículo desde el que se aprecia una panorámica de todo el sonido del malecón de Tabatinga. Nos hemos instalado en una especie de balcón y ahora mismo somos objeto del efecto racimo ése que citan algunos antropólogos: los niños que hacían volar sus cometas un poco más allá se han desplazado a jugar cerca de nosotros. Entre curiosidad y exhibicionismo. Son cometas muy rudimentarias. Es curioso que sus voces apenas se escuchen. Tal es el fragor del Malecón, a unas decenas de metros por debajo de nosotros. Petardos a nuestra espalda. No los vemos. En cambio, sí los barcos y lanchas en el puerto, aunque sólo oímos los que van muy rápido. Se van los niños, pero los altavoces permanecen en sus puestos y ladran. Recuerdo la pregunta de Carlos en el bar, hace menos de dos horas. ¿Como sería esto sin música? Paradisíaco. ¿Y sin barcos? Los pájaros dan comienzo a su canto diario del ocaso y los petardos de vez en cuando les acompañan. No se asustan. ¿Alguien entiende qué hacen aquí los pobres pájaros? Por fin un peque-peque supera el nivel de sonoro de las músicas, pero al aminorar, su sonido se hunde en el fragor de los bares del Malecón. A lo lejos, una lancha rápida lo supera otra vez. Nada que hacer : pronto la engullen esos vallenatos country-eurovisivos mezclados con ni se sabe ya qué, porque, desde aquí arriba, hasta escucho algo que se me antoja música celta. Algún silbido o algún grito agudo, pero todo enmascara todo mientras la noche va cayendo. Una moto llega y por suerte, a su conductor se le ocurre parar el motor. Apenas un minuto después, se va y nos obsequia con el latido regular y ponderado de su motor de cuatro tiempos que se aleja. ¿Qué vino a hacer aquí?
S04.12.119-O069.56.086 . 00.00. 12.10.2009
Casa Alba . Grabación en ausencia
13.10.2009
S04.12.119-O069.56.086 . 07.00 . 13.10.2009
Preparativos para Sacambú
Hoy vamos a Sacambú. Se trata de nuestra incursión hacia el suroeste de Leticia. Ese paraje se encuentra en el lado peruano del río Yavarí, a unos veinte kilómetros de Leticia en línea recta. La selva es muy cerrada en esa zona, así que para llegar se impone un trayecto en lancha de unos cuarenta y cinco kilómetros, primero, río Amazonas abajo y, luego, al llegar a la población brasileña de Benjamin Constant, remontando el Yavarí.
Dora, nuestra guía, ha venido esta mañana bastante más tarde de lo que la esperábamos. Ayer nos vimos fugazmente en el malecón de Leticia, pero apenas nos conocimos. Me ha contado que su niño estaba maluco. Pobrecito, le he respondido. En realidad no ha dicho nada más, pero en cuanto se lo he explicado a Carlos, ha puesto el grito en el cielo. Eso significaba que el niño se venía con nosotros, porque su padre, Elvis, tenía otra excursión. Ha aprovechado que estaba yo sólo para ablandarme. ¡Vaya comienzo! Pero no puede ser. Primero, si quería algo, tenía que haberlo dicho y no dejar sobreentender las cosas a alguien que no tenía la información para hacerse cargo de lo que ella estaba contando. Eso no me ha gustado nada. Carlos y Roberto ya le habían hecho conocer las necesidades de nuestra expedición y nada más sacar el tema del niño, le dijeron hace tres días que ni hablar, porque no podríamos estar por él. Es casi imposible que un niño de cuatro años se esté veinte minutos callado y nuestras tomas duran más o menos eso. Algunas, más. No es cuestión de comprometer nuestro trabajo aceptando la presencia de un niño que, si es cierto que está enfermo, necesitará atenciones. Hasta podría estar llamando la atención de su madre durante todo el rato. Además, le hemos pagado por adelantado todo lo que ha pedido. Por cierto que esa concepción de la financiación de los servicios, el pago por adelantado, me llama la atención. La cosa debe estar en relación con la precariedad económica. No se la ve nada mal vestida, sin embargo. Algo kitsch, la forma de pintarse las uñas. Pero se arregla muy bien. Es una mujer atractiva y relativamente segura de sí misma. Debe haber vivido mucho. Luego, sabré que tuvo que encajar el asesinato de su hijo de veinte años. Por cuestiones turbias, como no. No querré saberlo.
Una vez en el puerto y ya subidos a la barca, al llegar Dora con el niño, ya vemos que de maluco, nada. El chavalito sólo tiene mimitos. Se quería quedar con mamá y quizá Elvis, el papá, aprovechaba la inercia machista del entorno para hacerse el longuis, porque seguro que está mucho más cómodo sin niño en su excursión. Por su parte, Dora parece aceptar la situación y es por eso por lo que hacernos cargar a nosotros con su problema, debe parecerle lo más fácil. Seguramente, no tiene otra alternativa. Me pregunto si ese hombre que, al despedirse, sin demasiada convicción y con toda la corrección nos ha deseado lo mejor para nuestro proyecto, es verdaderamente sincero. Ya veremos cómo respira cuando nos acompañe a Moruy. Carlos se ha encargado de aclarar las cosas y de poner de manifiesto que el asunto del niño no es nuestro problema. Tenemos dos campañas comprometidas con ellos y no es cuestión de que empiecen ya en la primera a modificar los acuerdos. El contacto con ellos viene de Blanca de Corredor, la antropóloga propietaria de la fantástica casa donde nos alojamos, que les ha pedido encarecidamente que cuiden de nosotros. Es curioso que en ningún momento de la campaña, al terminar días después, no habré sentido el más mínimo peligro. Quizá lo hubo real en un único momento, cuando nos aventuramos por los barrios más pobres y alejados de Tabatinga, tratando de alejarnos de la ciudad por el Este, hacia la selva.
Tras resolver los problemas, Dora nos ha presentado a Francisco, el motorista encargado de conducir la lancha hasta Sacambú. Está escuchando la radio. Cuando paremos a grabar, habrá que explicarle que lo de la radio no nos conviene nada. Pero de momento no voy a decir nada, porque Carlos me ha pedido que no haya más que un interlocutor con Dora y Francisco, cosa que me parece más que conveniente; máxime, habiendo visto cómo habían tratado de embaucarme, justo hacía media hora. Así que dejo que el motor arranque y ensordezca nuestras voces así como todos los demás sonidos que se producen en el interior del casco. Quedan como comprimidos, porque sólo se escucha de ellos lo que sobrepasa el nivel de audio bajo el cual está sepultado el resto del espectro. El del motor Mercury de veinte caballos produce un sonido constante nada evocador. No hace peque-peque y considero eso una buena noticia, porque ocho horas de ese latir constante podría llevarnos a la locura. Nuestro motor no es de los más ruidosos. Los Yamaha de la misma potencia son bastante más chillones. Lo que menos confortable me parece de ese sonido es que apenas varía. Los motores de los aviones tampoco varían en demasía, pero se trata de familias sonoras muy distintas. Mientras los aviones generan un ruido con muchos graves, muy cercano a lo que los especialistas llaman ruido rojo, los motores de las lanchas son bastante más chillones. Eso significa que sus componentes principales se hallan en lugares relativamente más altos del espectro de frecuencias. Este tiene una fundamental importante cercana al espectro grave de la voz masculina, lo que constituye un buen pedal para todos aquéllos que deseen hacer prácticas de canto difónico.
De la misma forma que nuestros sonidos quedan sepultados por la avalancha del motor que nos impulsa, así las lanchas que pasan cerca no se escuchan en cuanto las vemos. Tardamos en escucharlas, a pesar de verlas. Lo mismo ocurre cuando las dejamos atrás : continuamos viéndolas, pero no las escuchamos. No sé que función tendría el hecho de que las paredes del canal son más altas que las orillas de río abierto, porque al salir, me doy cuenta de que ya no percibimos el eco del motor. No hay lugar donde las ondas sonoras puedan rebotar.
S04.13.486–O069.57.193. 09.35 . 13.10.2009
Control de Inmigración de Perú
Primera parada de avituallamiento. Es el embarcadero del Control de Inmigración de Perú. Al ver el rótulo desvencijado he pensado que íbamos a pasar formalidades. Pero no. Luego, nos han dicho que parábamos a comprar hielo. Dora y Francisco nos han dejado aquí y se han largado sin avisar a la balsa de al lado. Nos dejan solos en esta balsa. Imagino que van a comprar hielo. Pero entonces ¿qué hemos venido a hacer aquí, si no nos piden los pasaportes? Luego sabremos que fueron a comprar combustible, que en Perú es mucho más barato. No los vemos. Tampoco hay nadie vestido de uniforme. Sólo unos tipos en camiseta que juegan a cartas y una mujer amasando arepas de yuca; todos sumidos en la más intensa sordera. El daño profundo se lo inflige un generador eléctrico. No me extrañaría que fueran policías, desde luego. Cuando yo vivía en Camallera (Empordà, Girona, Catalunya, España, Europa), los Guardia Civiles del cuartel de al lado de mi casa se pasaban el día en calzoncillos, a veces con la camiseta puesta, regando sus coches y sus motos en la vía pública, con el transistor a tope. Eran muy ruidosos y, como no, por las noches iban a armar jarana al pub sin permisos que un desaprensivo había puesto justo bajo de mi casa. Corrían los años noventa. Imagino entonces que estos supuestos guardias también serán íntimos de los generadores ilegales de ruido de su zona. No puedo probarlo, claro, así que no acuso a nadie. Todo son construcciones mías que ahora cuento como plausibles. En cualquier caso, lo que sí es absolutamente comprobable, y de ello da fe la grabación que estamos ahora mismo realizando, es que el contexto es de lo más ruidoso y estresante. El generador enmascara hasta el sonido de las olas más próximas, de las que sólo distinguimos sus componentes espectrales más agudas. No es que los sonidos no estén. Están todos ahí, claro (mientras no se sature el medio físico a través del que se transmiten). Un espectrograma podría evidenciarlos, posiblemente. Lo que ocurre es que nosotros, como cualquier otro animal, dadas las características físicas de nuestro limitado aparato auditivo, no podemos oírlas. Por supuesto que el pasar mudo de los barcos nos da igualmente la impresión de estar todos sordos en esta balsa. Hay que gritar para hacerse entender. Lo que me parece más grave, de todas maneras, es la persistencia. Nosotros, al fin y al cabo, no somos más que asistentes interinos de esta tragedia de la escucha. Quienes se hallan a cargo de esta aduana deben vivir muchas horas aquí, asilados del mundo en esta sordera. Con este contexto de trabajo, ¿cuáles serán sus exigencias de confort sonoro en otros ambientes? Me imagino a un vecino de la zona siendo atendido por uno de esos jugadores al tratar de denunciar un exceso de ruido en su vecindario. ¿Cómo sería esto sin música? Carlos acostumbra a hacer preguntas y observaciones geniales. Todo el mundo lo sabe y lo aprecia por eso y muchas otras cosas. El infierno en medio del paraíso. Pues así : ¡con generador! ¿Y sin generador? ¿Y sin barcos? Sería increíble, desde luego. Pero ¿tenemos los ciudadanos del primer mundo derecho a exigir, siguiera a sugerir, que los del tercero deben evitar caer en los mismos errores que nosotros hemos permitido a nuestros dirigentes? Indagamos un poco y nos cuentan que ahora mismo tienen ese cacharrito transductor rabiando durante una hora o más, sólo para cargar un teléfono móvil.
Así es la balsa de la Policía aduanera. Pero hay más balsas por aquí cerca. Deben ser como supermercados. Las barcas atracan en ellas y, al cabo de un rato, se van. Tengo interés especial por comprobar qué se escuchará en la grabación.
S04.14.072–O069:57.026 . 09.26 .13.10.2009
Amazonas, al sur de Leticia . Toma 1
¡Qué suerte! El motor se ha parado. Por fin un poco de silencio. Creo que se le ha hecho una perla en la bujía. La súbita parada nos hace sentir la suavidad del deslizamiento a la deriva de la lancha, que, al perder inercia, genera un ligero chapoteo la mar de suave y reconfortante. Carlos aprovecha para grabar mientras el motor se enfría un poco. A ambos lados del río, vegetación densa. No parece que haya manera de adentrarse sin gran esfuerzo. Si ya me había hecho una idea teórica al consultar los escasos y poco detallados mapas de la región, comprendo entonces la casi absoluta necesidad de viajar en lancha. Al chapoteo sedante del choque del casco con las ondas del pasar de otras lanchas, se añade un silbido a lo lejos. Son cantos de aves pequeñas, presumo. Insectos rítmicos y discretos. Discretos en el sentido de que parecen aislados.
Ritmo de madera. Motores que se acercan. Olas contra la orilla. El motor, se va. Rechinar de maderas de la barca. Las aves andan por los cañizales de las orillas. Tras la toma de sonido, el motor protesta, pero se pone en marcha.
S04.17.606–O069.56.653 . 09.48 . 13.10.2009
Amazonas, al sur de Leticia . Toma 2
Nueva parada. Decididamente, los gestos de parada de Carlos, que Dora reproduce con presteza, tienen un efecto fulminante sobre Francisco. El motor se para de inmediato. A lo largo de todo el trayecto, el aspecto de las orillas no ha cambiado : selva. ¿Será virgen? Dora dice que sí, claro. ¿Bosque primario, de verdad? En cualquier caso, tenemos silencio de bastante buena calidad : a doscientos metros de la orilla somos capaces de escuchar aves en los cañizales. Un ave que estuviera en la otra orilla, a otros doscientos metros, muy probablemente podría ahora escucharlas. Me distrae un motor. Surge en mi paisaje de un plano de los más lejanos que en mi vida he percibido. Me devuelve al mundo el rechinar de madera del casco de nuestra pequeña embarcación. No dormía ni era ensueño. Sólo, altísima concentración. El barquero debe pensar que estamos locos: esos dos, grabando con esos micrófonos peludos y ése del sombrero, pulsando una bolsa de plástico. Así es como protejo mi iPhone de la humedad. Algunas aves más nos visitan y un tronco que silenciosamente al principio se nos acercaba, al hundirse y emerger nuevamente, desplaza el agua con un muy ligero movimiento : chapoteo delicado a manera de cadencia.
S04.19.086–O069.57.097 . 10.09 . 13.10.2009
Amazonas, al sur de Leticia . Toma 3
Al gesto de Carlos, otra parada del motor. El paisaje a nuestro alrededor apenas ha evolucionado. Se nos acercan los bufeos. Mis rápidas notas registran ese nombre, pero no lo encuentro por ninguna parte. Son delfines rosados de agua dulce. Como hace notar Roberto, respiran fuerte, de una manera muy humana. Hacen “buf” al salir del agua. ¿Les llaman así por eso? Suena como si uno tuviera meteorismo. Al principio estaban a veinte metros a proa, pero uno ha llegado a acercarse a menos de medio metro. ¡Estamos rodeados! Dora dice que somos afortunados, que hay gente a quienes no se acercan nunca. Tal vez. Yo había leído que les encanta jugar con la gente de las embarcaciones pequeñas y que corren peligro de extinción debido a las consecuencias de algunas actividades del desarrollo humano, como la deforestación y la alta contaminación de mercurio, elemento químico que en las minas de oro se emplea para separar ese mineral precioso de las rocas, conocido veneno de efecto muy generalizado. Nos hallamos, pues, ante un componente sonoro del paisaje particularmente sensible al desarrollo económico y, por tanto, altamente interesante para nuestro estudio. Me da la sensación de que Dora se aplica en que la experiencia nos resulte lo más parecido a una aventura. Está bien ; debe formar parte del paquete que nos ofrece, pero ya nos parece suficiente aventura estar aquí grabando sonidos y, sobretodo, escuchando las gradaciones acústicas del paisaje con un nivel de concentración que sería imposible en otro contexto. Por esta zona circulan diversas versiones de una leyenda que resalta el aspecto antropoforme de estos animales tan simpáticos. En consonancia con las esculturas indígenas que se exhiben en algunos establecimientos, las leyendas desarrollan las supuestas relaciones entre delfines y mujeres jóvenes. Más particularmente, el delfín rosado se transforma de noche en un joven que seduciría y robaría las mujeres con la intención de reproducirse. Curiosamente, las mujeres son las que sucumben a la belleza de los delfines. Y del revés, ¿no ocurre? Me descubro preguntándome si esta consideración de la mujer como elemento débil de la fábula responde a la ascendencia judeocristiana o se trata de cosecha propia de las culturas de por aquí. Debe ser difícil deshacer el entuerto.
El motor de los barcos da un pedal continuo. ¿No habrá manera de eludirlo en algún momento? Si llego a escucharlo yo sin auriculares, con un oído desgraciadamente ya trabajado por la edad, ¿cómo lo estarán oyendo ahora Carlos y Roberto, que son más jóvenes y, además, escuchan con auriculares lo que están grabando?
S04.22.366–O070.01.641 . 11.04 . 13.10.2009
Benjamin Constant
Benjamint Constant es una población bastante desangelada. Al menos, lo parece desde el lugar donde estamos atracados. Como al puerto de Tabatinga, con mucho más movimiento que el de Leticia, llegan barcos bastante grandes que hacen el trayecto hasta Manaos. Hay familias indígenas que parecen poseer su propia lancha. Todas, o casi todas, llevan su peque-peque instalado. Hemos atracado entre ellas, porque nuestra embarcación es de las mismas dimensiones que las suyas. Al llegar, grabamos desde la barca. Algunos ni nos movemos de ella, porque Dora sólo quiere comprar algunas pequeñas cosas, dice. No entiendo por qué no lo llevaba todo desde Leticia. Imagino que es por cuestiones de precio. Al principio, sólo olitas y chapoteos de las embarcaciones de nuestras inmediaciones, pero en el puerto están haciendo obras. Hace un rato, mordía la tierra una excavadora amarilla, como todas las del mundo. ¿Caterpillar, John Deere, Volvo...? Ni idea ; está tan despintada que no se le ve la marca. Para de súbito y ahora, sólo motores de varios tipos llegan a los oídos, pero no están cerca. Los barcos de línea expelen un gran fragor con el desplazamiento de agua. Al parar y contener su avance con el rozamiento del agua, mientras el fragor se extingue y el consabido solitón se genera en el fondo de su quilla, un fuerte latido diésel surge de sus entrañas. La excavadora hiere la tierra de nuevo y ésta, agredida y sin ninguna posibilidad de defensa, sangra en silencio. Está húmeda, porque forma parte del lecho del río. ¿Por qué la horadan, si dentro de un mes o quizá menos, el río cubrirá esta zona y las balsas, por fin, flotarán? Algún claxon, barcos y gente que sale o entra en los barcos. Choques metálicos de la gente con las escalerillas. Una sirena anuncia la entrada de un barco grande. Me hago consciente de que es la primera que oigo desde hace quién sabe cuánto. ¡Y la excavadora no para! Pero el fragor amortiguado del motor del gran barco que llega la ensordece. Esto es un baile de sordos. Voyager IV es su nombre y durante unos instantes fue el indiscutible rey acústico del puerto, pero lo apaga el duro rugido diésel del Marieta Negreiros que ya está cargado de gente y a punto de partir. Desde que llegué a Leticia, pienso en muchas cosas, pero una de las más recurrentes es la idea de máscara acústica. No es que piense en ella. ¡aparece por todas partes! Los niños de la balsa de al lado juegan y puedo oír sus risas mientras el Marieta Negreiros se aleja lanzando un último rugido. Poco después, la familia de indios que atracaba a nuestro lado se aleja remando en su lancha. No ponen su peque-peque en marcha hasta el último momento, que coincide con la entrada de una barca algo más grande. Lleva un Yamaha Enduro. Atraca en el lugar que la anterior ha dejado vacío y para el motor sin que se oiga solución de continuidad con la puesta en marcha del nuestro. Roberto cierra su bolsa hermética negra y Carlos, que, con botas de agua, ropa de algodón caqui y la gorra negra ésa que compró ayer en Leticia, casi parece un oficial japonés de los años 40, sube el último a la lancha y se da el gusto de dar el empujón que, por fin, nos aleja de la orilla. Nos vamos.
S04.20.335–O070.02.448 . 11.52 . 13.10.2009
Aserradero de Petrópolis
En el lado Brasileño del Yavarí, una vez pasada la isla peruana de Islandia, nos sobrecoge la visión de un paisaje asolado. Es el aserradero de Petrópolis. Nos cuenta Dora que abastece de madera a todas las construcciones de la zona. Cristina Peñuela nos explicaba hace unos días que la manera de trabajar en estos aserraderos es bastante salvaje : primero cortan y luego preguntan. Vaya, que clasifican después de aserrar todo lo que se pone a tiro de las máquinas y echan al río lo que no consideran aprovechable. Parece ser que en esta zona se emplean los patrones de crecimiento obtenidos hace medio siglo en la Guayana Francesa. Por eso, una de las actividades del equipo de Cristina Peñuela consiste en la determinación de patrones de crecimiento de las especies autóctonas, a fin de contribuir en la planificación controlable de las talas de madera. Un espeso manto de troncos cubre completamente la pendiente entre el aserradero y la orilla del río a lo largo de toda la extensión de la finca donde se distribuyen los cobertizos del aserradero. Proviene de esa zona un sonido constante. Da una nota muy definida. Concluimos que se trata del motor del generador que surte de energía eléctrica a toda la instalación. Efectivamente : a lo lejos, un sonido bien distinto se destaca del primero. Es una sierra mecánica. De vez en cuando, arrastre y caída de troncos. También, de metales. Fascinado por el espectáculo, no reparo en un peque-peque que se nos acerca. Pasa de largo. Parece dirigirse a una playa brasileña igual que otra lancha equipada con un motor Yamaha. Su frecuencia predominante establece un claro acorde con el motor del aserradero.
¿Cuánto vale un pequepeque, Dora?
¿Un motor? 1.200.000 Pesos colombianos. En soles, menos...
¿Ah sí? ¿Y una lancha como ésta?
No más de un millón.
Vaya. Así que una lancha con capacidad para 7 personas, ¿2.200.000? ¡Eso no llega a 1.000 Euros! ¿Así que por 2.000 Euros tienes una embarcación fantástica?
Sí. Por supuesto.
Vaya, vaya...
Olvido preguntarle el precio del galón. Unos días más tarde sabré que en Colombia, cuesta 7.000 Pesos y que en Perú, el equivalente de 4.000, en Soles, por supuesto; pero nadie va a hacerte ascos a los Pesos.
Vaya, vaya, otra vez
S04.18.934–O070.04.632 . 12.50 . 13.10.2009
Comida en la playa.
He olvidado marcar las coordenadas. Bueno, lo hago ahora. Hemos atracado en una playita de la orilla peruana del Yavari, al norte de Petrópolis. Su recuerdo continúa impresionándonos. Hacia el interior, más allá de la playa de arena blanca y aparentemente nada amistosa, hay cañizales muy densos. Dos sonoros moscardones vuelan a mi alrededor. Tal vez no se oigan tanto en la grabación, porque no dan vueltas alrededor del micrófono. De hecho, estoy algo lejos de él, para no contaminar la grabación. En el río, chapoteo de las olas producidas por las embarcaciones que pasaron hace un rato y aves en el interior de la selva peruana, más allá del cañizal que tenemos justo detrás. Un motor se acerca y lo enmascara todo. Como de costumbre, no hay grabación en la que no nos libremos de los motores. Por el nivel, parece un barco grande, pero no es más que una humilde lancha. Puede que los cañizales actúen a modo de amplificador. Seguro que reflejan. Eso ya es, de por sí un amplificador natural, como las paredes de las calles estrechas. El chapoteo de la embarcación llega a la playita y su motorista nos mira al pasar. Antes de desaparecer, a punto de perder para siempre la oportunidad de saber algo más acerca de ese personaje anónimo, una lancha algo más rápida pasa en el otro sentido. Su oleaje nos alcanza de lleno. Se amortigua lentamente y cuando las olas recuperan definitivamente la calma, los pájaros de la selva del lado peruano vuelven a escucharse. Nunca dejaron de cantar, los pobres, se me ocurre. Como de costumbre, otra vez, la máscara. De nuevo el recuerdo a la complejidad y a lo autoorganizado.
Como estoy en el agua, desciende la temperatura en el interior de mis botas. ¡Menos mal! ¡El proceso de recuperación de la temperatura confortable ha invertido casi toda la duración de la toma! ¿Qué será este segundo reflujo? ¿La segunda barca? Será. Pero otro motor que se acerca en el sentido ascendente del río llama mi atención. Su sonido se mezcla con el canto de las gaviotas. ¿Gaviotas? Sí. Son gaviotas. ¡Qué bichos! Están por todas partes. Es curioso que hace rato tengo la sensación de estar oliendo a mar. Debe ser el aroma del aceite mezclado con el olor del pescado... ¿Será que estas aguas llevan yodo? No creo, pienso al tiempo que tomo consciencia de que otro motor se acerca justo cuando el reflujo de la embarcación anterior nos alcanza. Esta vez, va en sentido descendente; hacia el Amazonas. No. No es un motor de embarcación. Se trata de un avión que deja Brasil para adentrarse en Perú. Estoy sudando y, cuando el reflujo de la anterior embarcación llega mis pies, nuevamente los moscardones se divierten -¿se divierten?- girando a mi alrededor. ¿Será que ellos también escuchan las voces de los pescadores que comen y se bañan a unos doscientos metros más al norte?
S04.15.142–O070.07.198 . 15.03 . 13.10.2009
Lago Elvis . (Sacamburraso)
El lago Elvis es un lago muy tranquilo donde los pescadores tienden líneas de una orilla a la otra. Igual que Rafael y otros amigos suyos, entonces empleados de SEAT, en los Basibé, Pla de Beret, Vall d'Aran, una vez que me invitaron a pescar con ellos y con su director general. Pobre, no recuerdo su nombre. Era un hombre simpático, muy activo, que rodaba a toda velocidad en su 128 Sport rojo. Allí pescaban la trucha con mosca ; cosa, evidentemente, prohibida, pero quién iba a venir a comprobar que las prácticas eran las correctas.
Al pasar cerca de las líneas la instalación tiene la apariencia de una red que flota sobre la superficie del agua, pero estoy seguro que de cada punto pende un hilo con un anzuelo y un cebo. ¿Hay legislación aquí de la forma en que se pesca? Seguro. Me gustaría conocer sus detalles. Aparte de alguna embarcación, a esta hora esta lleno de insectos. Se escucha además el choque del agua en el casco de nuestra embarcación, que ahora navega casi a la deriva con el régimen del motor muy bajo.
Le preguntamos a Dora cómo es que este lago lleva el nombre de su marido. Bueno, es que no tenía nombre. ¿Ah no? No. Es un lago que se anega periódicamente y que en la estación seca se vacía. Así, ¿no tiene nombre? Bueno, sí; los indígenas de aquí le llaman Sacamburraso (¿Sacamburrazo, quizá? Da igual). Hace viento y del interior de la selva puedo escuchar lo que creo aves pequeñas y algún insecto. Por primera vez empiezo a pensar que nunca sabré a qué se debe la miríada de sonidos que escucho. Por fin, nos paramos en una ensenadilla, entre las plantas que echan sus raíces bajo el agua. ¿Truena o ventea? ¿Se acerca un avión o pasa un barco a lo lejos? Se me clavan todos los huesos. Y, ahora, sí, se levanta viento. Se oye el batir al viento de las banderas del toldo. La tempestad se anuncia. Dora nos dice que el tucán siempre canta cuando va a llover. Alguien martillea. Los insectos vienen a nosotros, pero no molestan. Su canto de la tarde ya va dando tímidamente comienzo. Tímidamente, sí, pero sin duda alguna. Va creciendo y entonces, un pez salta. Por el chapoteo que produce parece algo mucho más grande de lo que nos ha parecido ver. Algo en el interior de la selva chapotea, pero eso si que nunca sabremos qué es.
S04.15.053-O070.06.821 . 15.24 . 13.10.2009
Salida del lago Sacamburraso
Los loros se despiden de nosotros. Algún bicho más, también. Parece que truena. Luego, sólo queda el motor.
S04.14.631-O070.06.675 . 16.33 . 13.10.2009
Amacayacu . Grabación en ausencia
S04.14.635–O070.06.671 . 16.43 . 13.10.2009
Sacambú . Paseo en la barca del barquero
Carlos ha instalado el micrófono en la proa de la embarcación de los indígenas de Sacambú. Vamos solos a pasear por un lago cuyo nombre no hemos podido conocer. Hay muchos como éste en la región. No salen al río. Navegamos por el que se halla precisamente detrás de la maloca donde Dora nos ha instalado. Los demás andan de juerga por ahí y no vamos a esperarlos, porque se hace tarde. He tenido que estornudar justo antes de llegar cerca de donde se encuentran unos sapos. Suenan como los de Leticia; pero, bien raro me parece, percibo un paisaje sonoro espectralmente pobre. En contraste con esa pobreza, distingo muchas variaciones de frecuencia y de dinámica. Se acerca una lancha y ahora pienso que podría simularla a partir de una senoide generada con la realimentación de un filtro pasa-banda, su frecuencia y amplitud sometidas al control de envolventes periódicas. Tengo la impresión de que no es el paisaje lo que se ha empobrecido. Esa sensación debe proceder de mi nueva forma de considerar los sonidos. Ahora me ejercito en el deporte de imaginar cómo los generaría con un sintetizador. Quizá sea eso : la forma en que uno se acerca al sonido mediatiza su experiencia.
Salimos y aparecen unas aves. Las dejamos atrás. El martilleo en las malocas es periódico y constante durante todo el paseo. La naturaleza y las comunidades humanas acostumbran a administrar las mezclas de periodicidad y aperiodicidad con un sentido magistral y exquisito. No tengo tiempo de pensar más en ello, porque los truenos vuelven a amenazarnos. Vienen haciéndolo desde hace horas con ese sonido grave, que parecería el resultado de arrastrar o rodar una rueda o una losa de piedra descomunal. Algo entre los árboles revolotea. Genera también esa ululación periódica y poco intensa que se mezcla en el plano lejano con voces de niños y un silbido corto. ¿De unos 500 hercios? Algo cae al agua con un chapuzón fuerte en la orilla, pero un ladrido, justo antes, nos ha recordado que nos encontramos muy cerca de una comunidad humana. El remo se hunde con suavidad en el agua. El barquero es un virtuoso : nos lo cuenta el canto insistente de ese insecto que mantiene su pitido durante unos segundos. De fondo, trinos de insectos y un chucuchú-chuchú. Debe haber otros insectos, pero no alcanzo a distinguir. ¡Y un ave! Parece un ánade. Son varios y vuelan. Justo hace un instante los veía volando hacia el oeste. ¿Por qué, hacia el oeste? Los insectos nocturnos se instalan definitivamente en sus trinos y se levanta una brisa leve. Gemidos de mamífero en la vegetación. Cuics, pippops y cuchichíos, atrás en la espesura. ¡Tiiiao-tiiiao! Y también una gaviota de las de aquí, gragragraaa etc. En la vegetación, el cada vez más rítmico trino de los insectos nos rodea. Truenos, a lo lejos, cuando una lancha que casi a oscuras pasa por el Yavari nos envía su fragor hasta este lago interior. De echo, se acerca. El tiac-tiac de un ave se refleja en la espesura del otro lado.
S04.14.639–O070.06.703 . 17.24 . 13.10.2009
Sacambú después del paseo en barca
Atardece. No; anochece. Los pescadores se bañaban hace un momento. Ahora están secándose y como siempre, llega o pasa una lancha. ¿Pararán por la noche? Los martillazos continúan en las malocas, aunque se van espaciando. Al pasar por delante de la fuente de esos martillazos, yo diría que alcanzan los 70 dB. El motor para de repente y los martillazos continúan. Los chapoteos también, como el pájaro-sapo silbador y los insectos nocturnos, de canto rítmico cercano a la senoide modulada en dinámica con una periodicidad de 90 pulsaciones por minuto, que vienen del otro lado del río. En la maloca parecen estar preparando la cena.
Sin avisar, el croar pétreo de una rana anticipa una canción melódica subrayada a base de terceras mayores acordeónicas. Irrumpe en un ocaso que hasta ahora estaba considerando tranquilo. ¿Es una manía? ¡Con lo bien que suenan las cosas aquí, preferir la música filtrada por un equipo malo! Será porque les acerca al mundo. Al resto del mundo. Tienen derecho, por su puesto, ya que inciden sólo en su entorno. La rana de piedra continúa y del otro lado del río nos llega un piar rítmico casi a la misma tasa de repetición que la rana. Otra vez, una lancha. A ver como puntúa el tiempo. Antes de que pase por delante, otro motor arranca y acelera. Va en sentido contrario. ¡Estamos en el fin del mundo y hay que ver la de ruidos que metemos! Cada lancha se aleja por su lado. La que subía en el sentido del río para y así nos deja volver a escuchar esa rana que suena como un güiro. La musiquita continúa. ¿Que tendrá la música para que la queramos tanto y la valoremos tan poco? Otro barco más llega. Son ya las 17.43.
S04.14.619–O070.06.692 . 17.56 . 13.10.2009
Sacambú
La maloca donde pasaremos la noche se eleva sobre una matriz de palos, como las casas cercanas al río en Leticia. A unos cien metros de distancia hay otras malocas. Como decía antes, esto es una comunidad indígena mixta en territorio peruano remontando el río Yavarí. De vez en cuando, pues, se escuchan sonidos generados por su actividad. Por ejemplo : martillazos sobre madera. Una especie de puente comunica la maloca con una estructura más pequeña, donde se encuentran los aseos. Más allá del puente hay un trozo de selva bastante densa y, aún más aún, el lago que esta tarde hemos circunvalado a la búsqueda de cantos de aves y peces.
Esta toma se lleva a cabo en un lugar silencioso de la porción de tierra cercana a la selva donde se eleva la maloca. Se escucha el croar de ranas que, de tan fuerte y duro, podría decirse que se genera al pasar una vara de metal por una piedra estriada. Los insectos nocturnos van aumentado su nivel sonoro y, gradualmente, la noche se asienta. La oropéndola, también llamada arrendajo, creo, canta por última vez.
El calor aprieta otra vez y los mosquitos intentan atravesar la ropa de algodón. Suerte del repelente. El agua se cuela por algún desagüe de la cocina durante horas y nadie se inmuta. ¿Estarán lavando los platos? La rana no se arredra por los sonidos humanos. Se producen unos disparos rítmicos a razón de 40 por minuto. Eso llama la atención porque la frecuencia del croar de la rana parece justo el doble. Hace unos años hice una grabación similar en el Valle de Arán, en el Pirineo. Sin rana ni oropéndola, pero los insectos eran parecidos. Pasa un ave que emite un sonido como el de un pato. Se va. La tormenta eléctrica arrecia en Leticia y el motor de otra barca perfora el silencio de la noche. ¡Cuánto tardan en pasar! Al llegar al embarcadero, la parada del motor realza la belleza acústica de la noche.
14.10.2009
S04.14.620–O070.06.710 . 09.30 . 14.10.2009
Sacambú . Antes de volver
Llueve desde la 1 de la mañana. En la dirección de Leticia se veía un gran aparato eléctrico ayer por la noche. Efectivamente, Dora ha hablado por teléfono con Elvis y nos cuenta que ha habido una gran tormenta allí. Espero que no haya entrado agua en las habitaciones, ¡con toda la ropa y lo que no es ropa que tengo por el suelo! Hemos grabado algo, pero poco. Bajo la pasarela de los baños, esta mañana se escucha un paisaje muy rico. Varias especies de pájaros, sapos y, curiosamente, sólo algún insecto. Ha parado de llover a las 9. Ahora son las 9:30. Carlos se ha ido a hacer una toma corta al mismo sitio de ayer, detrás de la maloca y frente a la espesa vegetación que la separa del lago interior. Escucho una especie de golondrina y también aves acuáticas. Unos pocos insectos de canto rugoso y de período completo, largo y cuya frecuencia predominante ronda los 600 Hz.
S04.15.109–O070.06.843 . 9.54 . 14.10.2009
Lago Sacamburraso
Hemos pedido volver al lago Sacamburraso. El río lo rodea por todas partes. Así es como se oyen motores en todas direcciones. Se escuchan muchos más ánades que ayer y eso que ya me parecían muchos! Esta mañana, en general, oigo aves. Tengo delante una particularmente rítmica. Su período es de unas 49 pulsaciones por minuto. Genera una ataque muy rápido, como una “t”, desde donde inicia un glissando descendente de 1000 a 400 Hz. El sonido es más rugoso en el agudo. Susceptible, pues, de ser visto como una modulación de amplitud o de frecuencia. Deviene liso, sin accidentes apenas, en el grave. Un motor se acerca al compás de un pito rítmico que hace contrapunto con el piar, también rítmico, a ráfagas de a 7, que localizo justo a mi espalda. La lancha cuyo motor se acercaba no entra en el lago. Mientras se aleja en alguna dirección del Yavarí, suena algo como un cerdo tras de mí, cercano a ese piar rítmico y descendente que no para, pero no debe serlo. Será otra de las muchas aves que hay esta mañana por aquí. Otro lancha transita por el Yavarí. Puntúa la percepción del tiempo dando paso a la audición de algo como un gran revuelo lejano en el interior de la selva. Poco a poco los insectos se recuperan de la lluvia. Entre todos ellos, despunta uno cuyo canto rítmico medio-agudo y rugoso, de una periodicidad de 3 pulsaciones por segundo, se caracteriza por una frecuencia predominante de unos 700 Hz.
De vuelta vamos mucho más anchos, porque ya no nos quedan provisiones. Fantástico, porque podemos estirar las piernas. Al pasar cerca del margen en los lugares donde hay troncos, el sonido del motor se refleja. Bello e interesante.
S04.17.735–O070.02.390 . 10.45 . 14.10.2009
Dragadora de arena
En nuestro trayecto de vuelta de Sacambú, hemos descubierto una dragadora de arena cerca de Benjamin Constant. Una bomba succiona arena y agua del lecho del río. Un caño de grandes dimensiones las escupe al mismo tiempo sobre una piscina, de manera que la arena se deposita sobre un cedazo y el agua que se devuelve al río. Así va perdiendo agua. Esa arena se emplea en la construcción de casas en Benjamin Constant y Leticia. La caída de la arena y agua sobre el montón de arena húmeda acumulada ya en la piscina genera la componente aguda del sonido que escuchamos. La grave proviene del motor de la bomba. Cuando el operario aumenta su potencia, el chorro sale más oscuro. Aparentemente, va mucho más cargado de arena y eso produce un chisporroteo que se confunde un poco con el de la lluvia fina que cae sobre la capota de la barca. La vibración del motor genera un sonido parecido al de los insectos de trino ultrarrápido que se encuentran en la vegetación cercana a la playita enfrente de la cual la dragadora debe llevar días atracada. Pero no es cierto que se escuchen esos insectos. El sonido que se aprecia proviene únicamente del reflejo de las vibraciones de la bomba en los cascos de los dos barcos que completan el complejo industrial al que pertenece la dragadora. En nuestra navegación a la deriva su alrededor, alcanzo a ver el nombre de uno de ellos : Cobra d'agua. Nuestra lancha se ha ido moviendo hacia los márgenes del río, de manera que en un momento ha pasado muy cerca de la dragadora. Ahora la corriente nos acerca a la playa y alcanzamos a ver a los ocupantes del segundo barco, que parecen estar comiendo. Nos miran intrigados. No somos macacos, nos gritan. Para evitar fricciones, nos alejamos.
La llegada a Benjamin Constant es ruidosa a causa del bar ése encaramado en el malecón. No podría escupir la música con más violencia. El nivel es aún más alto que el de cualquier bar musical al aire libre en la ruidosísima Barcelona. El sonido sale roto, porque el nivel al que se fuerza la música es superior al que las membranas de los altavoces pueden soportar. Ese saturar de las membranas es una constante de la zona. Tanto da : nadie se da cuenta, como en Barcelona. En el puesto de gasolina, Salsa, un bonito porro colombiano comentado por los ladridos del perro del propietario. Por suerte la fuente sólo es un radio cassette de altavoces pequeños. Suena bastante mejor que el amplificador Fender monofónico de 200 Watt para bajo del bar del malecón. Caramba : la gasolina que sobra, al río. No sé cómo me sorprende.
De vuelta, en el mismo lugar donde se paró el motor a la ida, una libélula nos acompaña. Nos debe ver como demonios, pienso, porque las libélulas, en Catalán también se llaman espiadimonis. Por eso nos viene a visitar.
S04.12.119-O069.56.086 . 14.10.2009
Casa Alba . Grabación en ausencia
15.10.2009
S04.11.600-O069.56.329 . 10.58 . 15.10.2009
Campus de la Universidad Nacional en Leticia . Grabación en ausencia
S04.11.600-O069.56.329 . 10.58 . 15.10.2009
Campus de la Universidad Nacional en Leticia . Grabación en ausencia
Esta mañana, Internet, gracias a Roberto Pineda, que ha estado amabilísimo abriéndonos las puertas de su despacho. La arquitectura de la Universidad Nacional de Leticia es deliciosa. Aprovecha las ventajas funcionales y estéticas de las malocas que levantan los indígenas de la zona. Una vez atravesado el campus, más allá del laboratorio de fitología, se accede a una construcción que recuerda una pagoda con techo de palma, como el de las malocas. Está vacía, pero el camino la atraviesa y, al salir, uno se encuentra en medio de la reserva natural de la Universidad Nacional. Es un bosque selvático de algunas hectáreas, cercano a las instalaciones de la Brigada Fluvial y al aeropuerto de Leticia. En un árbol de tallo fino hemos instalado la grabadora Wild Life para que tome un registro de 20 minutos a cada hora. A ver cuántos aviones grabamos entre hoy y mañana.
El sol vuelve a picar. ¡Poco dura por aquí el frescor de la lluvia!
Por la tarde Carlos y yo hemos estado discutiendo con el Rector la posibilidad de establecer un convenio de colaboración con la Universidad. En el mes de mayo instalaríamos un dispositivo para la emisión del paisaje sonoro a Internet en el recinto de la Universidad y eso daría pie a la realización de un seminario. Ya hemos quedado en enviarle el proyecto en cuanto lleguemos. Posiblemente podríamos colaborar con el Instituto Ramón Llull para los viajes.
S04.11.421-O069.57.017 . 16.34 . 15.10.2009
Depuradora
S04.11.421-O069.57.017 . 16.34 . 15.10.2009
Depuradora
El camino a los Lagos de Yaguarcaca se complica nada más empezar. Resulta que no hay uno solo : son once y no se puede vadear el río sin meterse en él hasta la cintura. La primera toma tiene lugar a unos 60 metros de una planta depuradora fluvial que recibe electricidad de alta tensión para el suministro de un motor cuyo sonido llena casi todo el espectro audible. Un puente de cemento parece conducir a la caseta donde se encuentra la maquinaria, pero en realidad se corta a medio camino y si uno quiere acercarse, debe abandonarla y bajar por una pendiente bastante pronunciada. El entorno está muy deteriorado. Hay basuras y la vegetación se va retirando del suelo. Al otro lado del río, la selva parece extenderse normalmente.
Pese a esa gran contaminación acústica, se escuchan algunas producciones sonoras de los habitantes de este lugar. Por ejemplo, una especie de insecto cuyo canto se caracteriza por un período de modulación de amplitud secundaria ultralargo, de varios minutos, con una modulación de amplitud primaria cercana a los 20 hercios y de frecuencia predominante próxima a los 700 hercios. Junto a los sonidos de esa especie, loros, gallos domésticos y niños : se trata de una zona discretamente poblada, con algunos servicios, como canchas de fútbol y baloncesto, así como colegios. Los loros producen un sonido cuyos integrantes parciales observan una regularidad discreta. Es un color sonoro caracterizado por una componente de ruido predominante cercana a los 400 hz. Sus modulaciones de amplitud y frecuencia son de intensidad suave, con una frecuencia de unos 10 Hercios. Es notable que los loros, al ir de un lado a otro graznando, generan efectos sonoros espaciales que afectan a todos los componentes del paisaje sonoro del lugar.
S04.11.401–O069.56.968 . 16.56 . 15.10.2009
Cancha de básquetbol
Apostados en una cancha de básquet que hemos hallado cerca de la carretera, nos sorprende la visión (y la escucha, claro), del paso de los infantes de la armada colombiana. A ritmo de trote, entonan rudos cánticos, eminentemente guerreros y varoniles. Como los marines. A esta hora, la de los loros, que, por cierto, distinguimos claramente instalados en los cocoteros, pasa de todo por la carretera. Motos, triciclos y bicicletas, pero también algún coche.
De una granja contigua a la cancha surge una buena colección de sonidos, presumiblemente producidos por animales domésticos. Uno, el más lejano, es aullador. Hay además ronquidos de algo parecido a un cerdo, que no veo. Desde luego que en el paisaje están claros los cacareos y cloqueos de gallina, graznidos similares a los de un pato. Los perros se pelean y las motos no dejan de pasar. Van en aumento. Motos de dos tiempos contra motos de cuatro tiempos. La bicicleta ni se oye al pasar. Los loros van aumentando del nivel de su canto y el pato ajusta el ritmo de sucanto a razón de 3 graznidos por segundo durante 10 segundos. Por cierto, que el tal pato no es un pato. Al verlo, descubrimos que se trata de un bicho pinteado en negro y pardo, como un faisán con aspecto de gallina grande, que aquí llaman gallineta.
S04.11.202–O069.57.084 . 17.31.21 . 15.10.2009
Lejos de la depuradora
Tratando de encontrar un acceso al lago Yaguarcaca o a algo parecido, hemos ido andando por la carretera de Tarapacá, que aquí llaman Los Kilómetros. Algunas incursiones en fincas particulares han sido necesarias para llegar al río. Al fin, los escolares que tomaban la fresca a las puertas de un colegio nos han indicado el camino. Justo antes de la finca siguiente, a mano izquierda según se asciende, encontraremos una vereda. No hay más que seguirla. Es cierto, pero el camino no ha sido demasiado transitado en los últimos tiempos, así que a un par de kilómetros del centro de Leticia nos encontramos en un paraje olvidado, de vegetación frondosa y muy deteriorado. Tras descender un barranco muy pronunciado, descubrimos una playa a orillas del río Yaguarcaca. Por fin. Estamos bastante cerca de la carretera ; a menos de 200 metros, seguro. Sin embargo, no se oye el pasar de los vehículos. Será porque el barranco es muy pronunciado y nos aísla de cualquier señal acústica que de allí provenga?
Oscurece ya y la quebrada fluye aparentemente ajena a cualquier cambio. Hay que marcharse de aquí antes de que anochezca del todo, porque en la oscuridad no podremos remontar la pendiente del barranco.
Procedentes de lugares distintos, escucho silbidos en intervalos melódicos de una tercera menor. Se contestan en absoluta independencia del canto de esos insectos que sólo podría imaginar como resultado de la aplicación a una senoide de una modulación de amplitud intensa de mantenimiento constante a 20 o 30 hercios. Van en aumento, a la par que un gorjeo constante e ilocalizable. Claro : está por todas partes. Seguramente resto crepuscular del canto de los pericos, es como la resultante de una modulación de amplitud de una senoide, con período aleatorio dentro de unos márgenes precisos. Eso le imprime un cierto ritmo, considerablemente acentuado por el comportamiento melódico, que, de igual duración, alcanza el punto más agudo en lo más intenso del ciclo quasiperiódico. La densidad del paisaje sonoro ha ido disminuyendo. De vez en cuando, canta alguno de esos insectos con una modulación de amplitud intensa, a frecuencias de entre 20 a 30 hercios, período largo y mantenimiento cercano a los 2 segundos. Se contestan cubriendo intervalos contenidos en una cuarta. Uno de ellos inicia un canto distinto. Lo acentúa acortando el período a un segundo. Aumenta la dinámica del sonido de período constante sin que los gorjeos de los pericos hayan variado lo más mínimo. Como el fluir de la quebrada que sólo se altera un poco cuando algo cae al río y produce un chapoteo. Súbitamente, reparo en que los coches pasan lejanos, pero se oyen. Entonces, ¿qué pasa con la teoría del barranco insonorizador? Pues que era una teoría. Tal vez sería que no pasaban coches o que simplemente, concentrados en otra cosa, no los oíamos. Puede que fuera todo eso junto. Una pregunta aparentemente simple no siempre tiene respuesta simple. Y ese movimiento de tablas a lo lejos? Igual : como no me encuentre cerca, difícilmente sabré a qué se debe lo que escucho. Cae una rama y de repente comprendo que no eran tablas lo que caía. Tampoco caía nada. Ahora diría que se trata de una rana de ésas que suenan como si dos piedras duras y rugosas se restregaran con fruición. A güiro grave suenan esas ranas. Todo tiene y no tiene que ver con todo lo demás. Como ese rasgueo lejano y las ranas, por ejemplo. Como los cantos de los insectos de ciclo largo y los pitidos cortos que ahora escucho, de frecuencia predominante en los 800 hercios y periodicidad de casi dos segundos.
Sí, era una rana. Se empieza a embalar y eso indica que la noche ya está asentada. Lo corroboran la poca intensidad de los cantos de los insectos y el aumento de la frecuencia de los chapuzones. ¿Peces? El agua ya no parece marrón, como antes. Ahora es oscura y refleja la poca luz que llega al fondo del valle. Concuerda también con ello el cambio tímbrico general que se aprecia en los pitidos de 2 segundos de duración, invariablemente repetidos medio segundo después del final o en el silbido ascendente y descendente, palindrómico, que cada 10 segundos vuelve y vuelve igual y e invariablemente distinto a sí mismo. Es la hora de los silbidos. Pronto oscurecerá del todo, así que ya es tiempo de marcharse si no queremos subir la pendiente totalmente a oscuras. Todo se escucha muy bien. Nada enmascara nada y a lo lejos, el grave de un generador : ¡estamos al menos a 1 kilómetro de la planta y aún se oye! Hace un rato que vengo pensando en Heráclito : las cosas son y no son.
S04.11.148–O069.57.049 . 18.05 . 15.10.200
Balneario
Ascendemos casi a oscuras la pendiente llena de barro y vegetación que separa del río Yaguarcada del plano de la carretera de Los Kilómetros. En el camino a la carretera reencontramos un recinto muy especial que podría recordar las instalaciones de un viejo balneario. Hay unas curiosas cisternas que también pudieran haber pertenecido a una piscifactoría. ¿Una vieja empresa envasadora? No puede ser. Aún estamos en medio de la selva, así que la vegetación es muy densa. En frente, un gran papayo. Casi no se ve nada. Sólo las pantallas de los aparatos electrónicos. La experiencia sonora es absolutamente acusmática.
Parte de los insectos que al oído se perciben son de esos que emiten un sonido constante durante horas y que se caracteriza por una intensa modulación a una frecuencia de alrededor de 20 Hercios. Las ranas croan y se contestan. También se sincronizan y se -desincronizan a distancia. El más cercano deja de oírse. Cuando se apaga definitivamente, se da uno cuenta de que todo el rato hubo un insecto restregando sus patas en un lugar muy cercano y que el que ahora por detrás se escucha es de la misma naturaleza, pero menos intenso y caracterizado por su mayor tendencia a la coloración aperiódica. Otro elemento interesante es un pitido que ocurre con una periodicidad de 7 segundos y una duración de alrededor de 1 segundo. El croar de las ranas no siempre es rítmico. Ahora es esporádico y tiene lugar de a dos. Un perro ladra y el fragor de los coches en la carretera cercana nos recuerda que no estamos demasiado lejos de Leticia. Durante todo este rato, la planta depuradora no ha dejado de rabiar en la lejanía.
16.10.2009
S04.12.749–O069.56.569 . 04.59 . 16.10.2009
Parque de Santander
El Parque Santander es el más importante de Leticia. La variedad de especies vegetales es muy grande. Casi da la impresión de que se trata de un jardín botánico, pero ningún rotulito da explicaciones acerca de ellas. Si preguntas a la gente que pasa, te será difícil encontrar alguien que te pueda dar más de un par de nombres. La especie predominante es un árbol alto con unas flores acampanadas de color violeta. La gente los llama guamiyas. Otros árboles bastante abundantes son los hemania o liberales, de flores rojas. Un vecino me cuenta que su corteza se emplea como remedio contra el catarro. También hay asais, palmas de aceite africanas, milpepas, aguajes, cananguchos, heliconias y una multitud de otras plantas cuyo nombre no fue posible identificar.
La toma de sonido se hace en la proximidad de una pérgola situada alrededor del estanque central, algo alejada de la Iglesia, siempre vigilante al otro lado de la calle. La pérgola se compone de dos ramas que rodean el estanque. Cada una se sostiene por 9 pares de columnas de cemento de inspiración neoclásica. Las de entrada sostienen efigies alargadas de los supuestos primeros pobladores de la región. Son como entre estatuas griegas y de Aku-Aku, del mismo tipo de las que adornan los laterales de los seis bancos, con mayor o menor simetría, dispuestos bajo cada rama de la pérgola.
Nubes densas hacia el este. Los loros suben el nivel escalonadamente, con la llegada de nuevos grupos. Están por todos los árboles del parque, pero parecen tener preferencia por el setico, como dicen en Colombia, o yarumo, como en Perú. Los buitres, silenciosos, también van llegando y da la impresión de que la arboleda se los traga, porque desaparecen. Alguno se ve de vez en cuando, al cambiar de rama, como los loros.
Predomina claramente el graznido-gorjeo descomunal de los loros. Se trata de un sonido de espectro no muy ancho con una gran riqueza, cercana a la del ruido blanco. Es muy intenso, pero cuando suenan un par de disparos, los loros callan bruscamente. El susto no les dura mucho, así que vuelven a empezar tras una pausa de menos de un segundo. El espectro se caracteriza por poseer una componente de frecuencia predominante y se completa de componentes graves con el paso de las camionetas. De pronto, se levantan algunas bandadas y vuelven a posarse. Eso genera componentes más graves que desaparecen en cuanto el vuelo se estabiliza. Cuando los loros, pericos dice la gente que se llaman aquí, cambian de lugar, se producen cambios de fase muy claramente perceptibles y dan una sensación espacial propia de lo que en teoría de generación de sonido recibe el nombre de síntesis granular. Esta es natural, sin embargo. No necesita de ningún dispositivo técnico.
Cuando la gente madrugadora habla a gritos, los loros bajan bruscamente el nivel. Se van. El levantarse de la primera bandada parece anunciar el tañido de la campana que llama a misa. Hay dos campanas : una grave, que suena a palangana descomunal y otra más aguda. Muchos pericos se han ido ya volando a otros lugares. El nivel ha ido bajando desde las cuatro de la mañana, pero de vez en cuando sube a borbotones, en contra de la tendencia general a disminuir.
En el estanque alrededor del que se organiza la pérgola hay dos esculturas de pescadores indígenas con lanza y una de un flamenco. Marcando un círculo imaginario en el agua, cinco puntas de flecha o de lanza de tamaño enorme albergan textos acerca de valores varios de las culturas indígenas y la exuberante naturaleza de la zona. En el centro del estanque, algunas plantas : una platanera, una marquesa de hojas no muy grandes y cañas.
Alba ha venido a buscar líquido para limpiar su objetivo. Se sienta a mi lado en el banco. Los jardineros no paran de hablar. Será que necesitan comunicarse. Un tipo malcarado pasa arrastrando los pies y nos saluda. Buenos días. Los pericos han bajado mucho el nivel y las dos campanas de la iglesia, más a menos octavadas, llaman otra vez a sus feligreses. Me pregunto cuántos habrán acudido a misa a estas horas en que el grave casi continuo, laboral y diurno de la ciudad aún no se ha afianzado.
S04.13.317–O069.57562 . 07.47 . 16.10.2009
Isla de Santa Rosa, Perú
Durante el trayecto a Santa Rosa se veía buitres en el canal. Apenas cabíamos los cinco. Era un barco pequeño que no me parecía a mí muy marinero. El motor sufría y el barquero lo cuidaba. Soltaba el acelerador cuando venían olas. Olía a quemado. El barquero trataba de seguir la estela del pequ-epeque que llevábamos a apenas treinta metros. De esa manera parecía que la corriente o el oleaje o lo que sea que pudiera descompensarlo no le afectara demasiado.
El primer punto de grabación es un montículo desde donde se divisa todo el canal. Buen sitio par apreciar el paso de los peque-peques, que no sólo emplean el canal para llegar o marcharse de Santa Rosa; también pasan de largo. Nosotros estamos de espaldas a las cocinas de un chiringuito. También detrás nuestro, queda la terraza de otro chiringuito llamado Brisas del Amazonas. El entorno es muy desordenado. Aparte de los motores y de las manipulaciones de la cocina, no hay demasiadas fuentes de sonido. Sí, unas aves que pían a unos 3000 hercios y algún insecto modulador de amplitud. Les acompaña un piar a 1000 hercios con glissando ascendente y descendente en lapsos de 2 segundos, que más tarde se transforma en ráfagas de piares de 6 elementos por segundo. Se mantienen durante casi 2 segundos ; a veces, menos de 1. Muchos de esos sonidos proceden de un bosquecillo que se ve al otro lado del canal. Parece virgen.
S04.13.226-O069.57.961 . 08.38 . 16.10.2009
Isla de Santa Rosa, Frente a Mario Ribero
Esta grabación tiene lugar en la ribera de la isla de Santa Rosa, Perú, frente a la isla de Mario Ribero. Entre Santa Rosa y Mario Ribero se ven algunos troncos varados. Debe haber poca profundidad. Este canal es poco transitado, pero cuando de repente vienen algunos peque-peques, el ambiente se llena. Habría muy poca señal de audio si no pasara algún peque-peque de vez en cuando. Como era previsible, se escuchan los mismos pájaros e insectos que en Leticia. Estamos muy cerca, en realidad. Lo predominante es el chulo, ese buitre que cuando se encarama a un árbol pelado parece un decorado del Macbeth de Orson Welles.
De nuestro lado suena algún ave, aunque a media mañana es normal que todo esté bastante callado. El oleaje, del que parece surgir un piar aislado en glissando descendente, provoca pulsos de periodicidad inferior al segundo y extraña y muy marcada rugosidad de amplitud.
S04.13.992–O069.57.250 . 09.52 . 16.10.2009
Bosque de Santa Rosa
Mas allá de las casas que se alinean frente a la costa hay una zona de cultivo y un bosquecito. Anticipan la entrada de la selva. Hablo de bosquecito porque el suelo está muy seco y la vegetación del sotobosque es casi inexistente. Me siento como si estuviera en un bosque de eucalipto. ¡Tanta es la degradación de este medio! El canto de los pájaros que llega superpuesto al fragor lejano de los motores de las lanchas, es como un contrapunto de alguien que silba ajeno a otro que clava sobre la madera y aún otro que rompe ramas por ahí. Música y voces de mujer, a lo lejos : tan temprano empieza ya la fiesta del viernes. Cuando el silencio se recupera de esas heridas leves, reparo en que con tanto sol, a esta hora sólo se alcanza a escuchar unas pocas aves e insectos. Las hojas secas de una palma deben haber caído. Se adivina en la fractura súbita de su tallo, al principio. Luego, en el suave roce con las ramas, apenas un segundo antes del choque que, con intensidad algo mayor, tendrá lugar contra el suelo.
S04.13.073–O069.55.233 . 17.15 . 16.10.2009
Finca de la FUNAI . Brasil
Alejándonos hacia el Este desde el ángulo fronterizo entre Leticia y Tabatinga, atravesamos un barrio verdaderamente pobre. Quizá el más precario de los que hemos visitado estos días. Pretendíamos salir de la aglomeración urbana y encontrar algo de selva ; pero, pasadas las barracas, los márgenes del camino aparecen vallados. Como en Los Kilómetros. Casi todas las entradas de las fincas están cerradas. Las que no, no invitan a entrar a preguntar si nos dejan grabar. Pero tendremos que hacerlo en algún momento, porque, con seguridad, no encontraremos ningún pedazo abierto de terreno donde apostarnos un rato. El camino no es carretera cubierta, como aquí dicen, y de vez en cuando se acumula el agua donde las roderas de los camiones se hacen más profundas. ¿Qué transportarán esos camiones tan sucios? Son sucios, viejos y desvencijados, ruidosos y exhaladores de un humo negrísimo. Sus conductores no reducen la velocidad al pasar junto a nosotros. Ni modifican un milímetro su trayectoria.
A un par de kilómetros hacia el Este, en el lado Norte del camino se abre el acceso a una finca. Carlos y yo nos adelantamos para solicitar a sus propietarios permiso para grabar. Al llegar a la edificación principal, los indígenas que juegan a la petanca ni se inmutan por nuestra presencia. Les preguntamos y parecen no entender. Está claro que no entienden, pero al fin asienten. Es un grupo muy raro. No parecen pertenecer a la misma etnia. Cuando vamos a buscar a los demás para iniciar la grabación, el responsable de la instalación sale a nuestro encuentro y, como comprendemos que ahora sí que estamos frente a alguien con verdadero poder de decisión, le explicamos. Claro que podemos grabar, nos cuenta. Estamos en una institución pública. ¿Ah, si? Sí. Esto es propiedad de la Fundación Nacional del Indio (FUNAI). Como si los indios tuvieran sentido de nación, pienso yo. Sí es una finca de la FUNAI donde se trata las hepatitis a los indígenas brasileños. Caramba, ¡con lo controvertido de los tratamientos de la hepatitis! Espero que ningún desaprensivo ande haciendo ensayos clínicos con poblaciones desprotegidas o, quizá, desinformadas.
Es un lugar como paradisíaco. Unas pocas palmeras alrededor de una pequeña laguna y parece mentira que esté tan cerca de toda esa pobreza que hemos visto al atravesar los arrabales de Tabatinga. Debemos haber corrido algo de peligro al hacerlo. Somos 5. Eso puede disuadir de alguna agresión, pero no de todas. Sumido en estos pensamientos, no he reparado en que los insectos llevan ya mucho rato asentándose en su canto crepuscular. No existe la consciencia plena continua de las cosas. El pensamiento siempre encuentra el momento en que la atención sucumbe a su encanto. Suenan los camiones y la tormenta retumba no muy lejos. Xavi se lleva detrás a todos los pacientes indígenas, que están muy interesados por su cámara. Gracias a eso, nuestra grabación será algo más equilibrada. La periodicidad dominante es de 2 segundos. Se trata de aves, no hay insectos y, por supuesto, las voces humanas son casi constantes. Diría que la tormenta se aleja. ¿O es que adquiere protagonismo el avión de línea que cruza el aire? Algunas aves pian ocasionalmente. Otras emiten pitos, cuchichíos, silbidos descendentes y ascendentes; de vez en cuando, con algún trino. Lejos, hacia el norte, ¿mugidos del ganado vacuno o motosierras? La deforestación sigue su curso, como los chulos, que pasan como la caravana cuando el perro ladra. Su silencio ha dejado espacio al dialogo de una pareja de aves. Lo hacen con cierto ritmo hasta que se acoplan. Y esas motos, ¿dónde están? ¿En la carretera? También se acoplan. Todo se acopla, como esos insectos emisores de trinos de un segundo cada dos segundos que callan cuando se levanta viento y las ramas del gran árbol de hoja ancha se agitan. Cuando su sonido, técnicamente ruido, se apaga, croar de rana. No. ¿Será un sapo? No. ¿Será un pato? No. Los animales nocturnos van llegando. Decididamente, no son vacas lo que muge ; son motosierras, así que, por suerte, las ranas parecen ranas. Una bandada de pájaros horada el aire al batir de sus alas. Momentos antes de que el que nos dio permiso para grabar se va para su casa, casi en el mismo instante en que las ranas callan, se posan todos en el árbol más alto. Al fondo, la actividad de la cocina, característica de la preparación de la cena. Y aún más lejos, muy lejos, las ranas, constantes, ellas, como de fiesta. Un pajarito trina brevemente. Luego, calla.
17.10.2009
S04.04.719–O069.58.014 . 11.53 . 17.10.2009
Rio Tacana
A este claro se llega al cabo de 10 minutos a pie por un camino algo más difícil del que, de la mano de Dora, hemos seguido esta mañana para llegar a Moruy. Dora se ha vuelto para Leticia antes de comer, así que Elvis, su marido, es ahora nuestro nuevo guía. Al llegar a la quebrada, él y Xavi se han ido por ahí. Se conocen de otra vez. Carlos y yo hemos cruzado el río por el árbol que lo atraviesa de lado a lado, a la búsqueda de un lugar adecuado a la instalación de la grabadora Wild Life. Carlos ha desplegado su micrófono en el claro, cerca del camino que se adentra en la selva. Roberto graba a 50 metros de donde nos apostamos Carlos, Alba y yo. El agua corre tan lenta y suavemente que no se oye. Aquí sólo hay insectos. Acabamos de pasar un montón de sitios donde estaba lleno de otros bichos. ¡Los pájaros están en el bosque! Al menos, a esta hora, porque al sol hace mucho calor. Nos vamos a freír. Hay que ver la querencia de Elvis por los espacios abiertos. Ahí en el interior del bosque está la pía chillona, que no para. Bien cerca hay algo, pero no sé bien qué es. Probablemente, un ave, porque se ha escuchado un aleteo en el mismo lugar. Parece que ahora los insectos del otro lado del río se escuchan más. Debo admitir que hay diversas fuentes y, de hecho, son bastante distintas entre ellas. Me abruma una meditación sorprendente para la que no encuentro contraargumentos : casi todos los sonidos que escucho podrían ser sintetizados a partir de una senoide modulada en amplitud y también en frecuencia.
S04.04.691–O69.58.090 . 12.14 . 17.10.2009
Bosque de Moruy . Grabación en ausencia
S04.04.707–O069.58.002 . 12.42 . 17.10.2009
Bosque de Moruy
En el camino de vuelta del río Tacana a la maloca de Moruy vemos unas libélulas preciosas. Hay gran variedad de helechos y de todo tipo de plantas en todos los estados de putrefacción imaginables. Las plantas determinan la geometría del espacio que nos circunda y ésa es la razón de que éste sea terreno abonado al esplendor de la polifonía : los sonidos más fuertes, como el canto de la pía, se reflejan en los troncos de los árboles. El de los insectos de periodicidad cercana a los 3 hercios, muchísimo menos. Hay copales, esos árboles de los que los indios hacen incienso, aunque no es la especie vegetal más abundante en este bosque de ecos increíbles, porque la predominante parece ser la matamata, un árbol bastante alto. También hay huaruma, de la que se hacen canastos e incienso, y achapo, muy alto, de cuya corteza, que es venenosa, se preparan pociones que se administran a quienes se inician en el camino de la sabiduría. Si no se les mata, salen fortalecidos. Seguro.
Las pías chillonas dialogan constantemente al ritmo de los insectos. Ni los unos ni las otras paran ; aunque tampoco las ranas roncas, ésas que suenan como si tuvieran una lija de calibre grueso en su interior. Me pica un dedo igual que si lo hubiera metido en una mata de ortigas. A nuestro alrededor y por todas partes, insectos alados. Zumban. ¿Nos zumban? Alejados, cantos de pájaros caracterizados por una modulación rápida y amplio barrido de frecuencia. Es notable la cantidad de ramas que se desploman en el interior de la selva. Aunque no llueva realmente, las gotas de lluvia también caen todo el rato. No creía que hubiera zancudos a esta hora, ¡pero está claro que vienen a por mi! La pía está cerquísima, detrás mío. Invariable es el canto de ese pájaro. Si quisiera sintetizarlo, partiría de una senoide que modularía del grave al agudo en unos 100 milisegundos y bajaría al grave en 200 milisegundos, después de haber repetido rápidamente la frecuencia aguda. Parece subida en el copal que tengo a la izquierda. Tanto pensar en ella, la pía parece alejarse. Mejor, me estaba volviendo loco tanta insistencia. No me permite escuchar bien al arrendajo, que algunos llaman mochilero y es familia de las oropéndola. En Sacambú, Roberto y Alba vieron uno encaramado a un Punga, otro árbol del que hemos visto algunos ejemplares por aquí. En el jardín de Casa Alba también hay uno.
S04.04.877–O069.58.182 . 16.50 . 17.10.2009
Moruy
Los bejucos son lianas. A decir verdad, aquí nadie les llama lianas. Elvis parece tener aprensión a quedarse parado en el interior de la selva. Digo yo que es por eso por lo que nunca se detiene en la espesura para que escuchemos, a pesar de que los paisajes sonoros son mucho más interesantes cuando los sonidos te llegan de todas partes. No parece haber entendido qué es lo que buscamos. Será porque nosotros aún estamos tratando de acotar nuestro objetivo con toda la precisión que necesita. El paisaje sonoro es un concepto muy sugerente, de alto valor poético, pero poco definido. El lugar escogido esta vez por Elvis, cuya conducta de macho alfa, viene más condicionada por la necesidad de manifestar su condición dominante que por el éxito de la empresa colectiva que cree liderar, es el camino justo cuando pasa por un claro. Si por un momento fuera consciente de lo que pasa por mi cabeza, quizá contendría sus impulsos dominantes. Pero yo no tengo ningún interés en ponerlo de manifiesto. Imagino también que considera que somos mucho más vulnerables en la espesura, pero me cuesta creer que en la espesura haya más probabilidades que en un claro de que un animal agresivo venga a atacar a un grupo de seis personas con aparatos raros en las manos. Yo, desde luego, no me acercaría a un grupo así. Esa condición de dominancia es lo que le obliga ofrecer su ayuda a pasar las quebradas sobre los troncos aunque no lo necesitemos y nos reitere una y otra vez que él haría ese camino en la mitad de tiempo que en el que lo hacemos nosotros. Sin duda ; pero no porque sea mejor o peor en absoluto. Conoce el medio y es por eso por lo que le hemos contratado.
El aire es algo más fresco que antes. No hay casi contaminación. Un equilibrio perfecto se percibe entre los sonidos. Es uno de esos entornos que Ray M. Shafer denomina Hi-Fi : todo tiene su lugar preciso y destacado en el espectro y en el tiempo. Pero un avión se acerca. Estamos en una vía aérea. Ya casi encima de nuestras cabezas, lo enmascara todo. Se va y el equilibrio retorna. Pero durante demasiado rato queda un resto en el recuerdo. No nos deja escuchar con toda la concentración. Pihihihihi. Se inicia con una modulación de amplitud discreta y cesa de repente. La definición temporal de las gotas de agua que no han dejado de caer desde las copas de los árboles contrasta con la indefinición del “buh” del sapo. De repente, un uihuhuiuhi-uahuah que se contrapone a las múltiples capas de insectos. Vuelve el pihihihihi, que se reproduce con un período de 3 segundos. Un sonido de modulación en frecuencia amplia y espectro relativamente agudo nada filtrado se ha repetido en dos ciclos de 6 segundos y luego se ha callado. Cambia de lugar. Igualmente, de manera súbita, un pito extemporáneo caracterizado por una lentísima modulación de frecuencia. Algún insecto volador surca el aire. Estornudo. No he podido reprimirlo. El poco filtrado suena otros 5 segundos. Otros dos más alejados le contestan sobre el fondo de cri-cris de insectos que no paran pero tampoco crecen. Un huí rítmico y sin cese durante un rato : está claro que los instrumentos musicales de esta zona tienen mucho que ver con los animales. También, los patrones rítmicos de algunos instrumentos, como por ejemplo, el de la clave, que parece remedar el canto nocturno de las cigarras, desde el principio al fin de tantas piezas salseras. Un ronquido grave nos arranca del ensimismamiento. Será un batir de alas, pero con él damos por terminada la grabación. El flautero, que algunos llaman tatito y muchos cuentan que le tienen agüero, no ha venido saludarnos. Otro día será.
S04.04.877–O069.58.182 . 17.20 . 17.10.2009
Chagra de Moruy
No es exactamente la misma coordenada que la anterior, pero Carlos se ha empeñado en que no me mueva, imagino que para evitar grabar mi carraspeo, así que no voy a tomar la coordenada exacta del micrófono. No tiene mucha importancia, porque apenas nos hemos movido veinte metros. A pesar de la poca distancia que los separa, el lugar es totalmente distinto del anterior : se trata de un enorme claro en la selva, del tamaño de un campo de fútbol. Pero no es natural. Alguien ha talado árboles. No. Los han desgarrado : ¡los tocones no tienen cortes limpios! No son tocones. Son muñones de troncos de altura dispar. Por doquier, restos de vegetal carbonizado. El paisaje es desolador, con tanto árbol caído y tanto tronco atravesado de un lado a otro. Con tanto cadáver, ¿qué habrá pasado aquí? ¿Una bomba o un meteorito? No, no : sólo es que los humanos necesitan madera para sus casas y la vienen a recoger aquí. Por aquí, a un sitio como éste se le llama Chagra. No suena muy bien. Me recuerda chancro. Elvis, a quien a lo largo del día ya hemos ido sabiendo encantado de explicarse, nos ha contado que aquí viene la gente a procrear. Vaya sitio, si parece un cementerio. No : es un lugar de regeneración. Bueno, si lo ves así... Para mis adentros pienso que los únicos que irán a ese lugar a procrear serán los más jóvenes, que no tienen a dónde ir. Claro que hasta hace muy poco, la mayoría no se hacían muy viejos. Ahora están creciendo yucas, insiste Elvis. Yucas, tal vez, pero las otras especies no se replantan. Todo esto tardará en regenerarse... Oh no, ellos piensan que es un buen compromiso. La verdad es que no estoy seguro de que lo sea. Mas bien creo que les debe resultar cómodo por alguna razón. Por ejemplo, es más fácil quebrar el tronco de un árbol si no hay otros árboles alrededor. En otros lugares veremos más adelante que en las chagras se edifican nuevas malocas.
Lo que sí está claro para mí es que el sonido es menos denso aquí. Mucho menos intenso que en el interior de la selva, desde luego, pero nuestro guía parece mucho más interesado en hacernos parar en lugares despejados. Los animales raramente están en los claros. Es llamativo que los hombres prefieran los claros y los animales, el bosque.
En el fondo, tanto da. La cuestión estética no saldrá particularmente beneficiada, pero tratamos de hacer un muestreo del paisaje sonoro de la región. Esta es, desde luego, una de las posibilidades, así que me centro sin rechistar en la percepción de lo que me es dado escuchar desde aquí. El primero en desvelar mi atención es un sonido de ataque moderadamente corto, como el de una 'b', con una componente rica en formantes medio agudos y terminando algo más abruptamente de como empieza. Como si terminara en 'p'. Cuatro repeticiones y silencio : bipbipbipbip. Un par de segundos y vuelta a empezar. Está justo enfrente de mí, pero no veo nada. Suena a grillo y debe serlo, porque es demasiado simple y preciso como para ser un ave o un mamífero. Además oigo otros de la misma especie diseminados entre los cadáveres de los árboles. Insecto, seguro. Además, anochece. Uno similar, algo más lejos, de igual ataque, substancia y cadencia, pero cuyo final es más suspendido, mucho menos neto, como una 'h' aspirada. Además, en su segundo ciclo, abre el filtro y se escuchan muchos más formantes : bihbihbihi bahbahbha. Su frecuencia predominante es de alrededor de un tono por encima de los demás. Son mucho más elementales que la maravilla que lo sustituye en mi atención sin permitirme alcanzar a saber si terminarán o no su canto. Este nuevo sonido tiene un ataque rugoso, mucho más largo, pues, que los anteriores; como la 'r'. Además, el color de su masa cambia rápidamente del grave al agudo para volver a adquirir cierta rugosidad portadora de una coloración algo más abierta que su grave, algo más amplia que su agudo. Un instante más tarde, el sonido inicial. Algo así como rui roo rui. Me siento como si estuviera tratando de recordar la manera de escribir la Ur Sonate de Kurt Schwitters. Para describir según que sonidos, tiene mucha más precisión el instrumental lingüístico que la notación musical tradicional occidental. Otra vez ese rui roo rui. ¿Qué será? ¿Se ha movido? No; porque acabo de escucharlo otra vez en el mismo lugar. El cambio de sitio no es tal : hay uno que le contesta y está algo más lejos.
A medida que oscurece, los niveles de los sonidos aumentan. También, la variedad. Justo delante se me aparece uno de modulación de amplitud a más de 25 hercios y continuo. ¿Será el mismo bicho que el bipbipbipbip de antes, que ha ido envalentonándose con la oscuridad? Podría ser, perfectamente. Dependiendo de la temperatura, los insectos modifican mucho su canto. Cricricriii- cricricriii cada tanto, también. Un insecto volador pasa zumbando frente a mi. Son las 17:33 y ahora sí oscurece de verdad. No se escucha la pia chillona; ¡tan presente que la escuchábamos esta mañana! Necesita luz para cantar, parece. De vez en cuando algún glissando de modulación lenta. Luego, no vuelve más. El conjunto de los sonidos evoluciona lentamente. Un oyente despistado no repararía en ello. Sin embargo, no hay instante que pueda considerarse igual a otro. De nuevo, un zumbador que merodea a mi alrededor me obliga a levantar la cabeza al final de cada frase que escribo en el iPhone. Compruebo en esas ocasiones que la luz se va apagando. La temperatura influirá en los sonidos, seguro, pero la cantidad de luz, también, me parece a mí. Si no, ¿cómo es que ese rugoteo continuo no es totalmente invariable? Y ¿cómo, ese cuiccuic-cuiccuic calla justo ahora, si la temperatura apenas habrá variado? Un zancudo trata de saber si mi sangre le complacería. No se lo permito. Con el fluir de los instantes el concierto se pone cada vez más interesante. A causa de los insectos, especialmente, que dan en esta zona a la noche una riqueza sonora que ninguna orquesta sería capaz de superar. Aunque, ese rac-rac de ritmo impreciso, tan interesante, quizá sea una rana. Sí lo es y como otros sonidos de la noche, aparece y desaparece.
La oscuridad es suficiente como para que desde mi puesto de guardia pueda apreciar el resplandor de las pantallas de los aparatos. Alba hace fotos con flash. Por unos instantes, los cadáveres de árbol se iluminan fantasmagóricos. Aún más que con luz natural. Imagino que, con esta oscuridad, Xavi ya no filmará más.
Cerca de mí, como una moto lejana. Es un contrasentido, ya sé, pero lo escucho así. Vaya : se ha ido. Las ranas croan como locas ahora y, si es así, yo ya tengo en qué fijar mi atención. Bueno, la verdad es que no creo que me falte objeto de estudio esta noche. ¡Se está poniendo todo tan interesante! ¡Me resulta tan nuevo! Cerca de mi, como un burbujeo : blob-blob. Sin embargo, no hay agua. La selva cruje a mis espaldas. No llueve, aunque las gotas, casi lo aseguraría, continuarán para siempre cayendo en el interior de la selva. Un aullido lejano y un uiuí rítmico que no cesa son los nuevos actores invitados a este concierto que nunca termina. ¿Tampoco el avión dejará de pasar nunca? ¿Estará dando vueltas? Nuevos actores se incorporan a cada instante. Los zancudos acechan. Por aquí transita el tigre, dicen. Come perros, me insisten. Y todo lo que se le ponga delante, pienso yo...
S04.04.960–O069.58.036 . 22.59 . 17.10.2009
Moruy, de noche
Son las once de la noche y la maloca de Moruy está totalmente a oscuras. No hay iluminación externa de ningún tipo. Más allá, la selva, bastante virgen aún a pesar de la chagra que hemos visto al anochecer, respira. A causa de la negrura intensa de la noche, pese al GPS he sido incapaz de encontrar el camino de entrada desde del recinto abierto de la maloca, así que nos hemos dirigido a tientas a la zona donde Cayetano construye su nueva casa, muy cercana ya de la espesura, profundamente negra a estas horas.
Ahora más que antes, en la oscuridad total que nos rodea se aprecian los pilotos y la pantalla del aparato de grabación. Sólo hemos venido Carlos y yo. Los demás andan por la maloca. Tengo la sensación de haber sido aleccionado sin solicitarlo esta noche, con todo ese ritual del mambe y las historias que nos han estado contando. Hace muchos años que no tomo ninguna substancia para alterar mi estado de consciencia y no tengo ningún interés en la experiencia personal que su uso pueda aportarme ya, porque estoy convencido de que no puedo extraer más conocimiento que el que ya extraje de estas cosas de más joven. No todas las substancias psicotropas son iguales, desde luego, pero no he abandonado la maloca -acabo de saber que Carlos, igual- por no mostrar desinterés y evitar así el parecer rechazar algo que, sin parecerme recomendable de por sí, tampoco me merece ninguna consideración negativa. Esta mañana he tomado la primera cucharada de mambe en la despedida que Cayetano y Elvis han organizado a los médicos que habían visitado la maloca justo la noche anterior. Anatomopatólogos son y patólogos se llaman a sí mismos. Bueno. Cosas de la Epistemología. Y tiene gracia : uno de ellos estudió los primeros años de carrera conmigo ; luego se cambió de universidad. Cámara de video en mano, su anfitrión colombiano entrevistaba a Cayetano y mambeaba con él. El sabedor se descojonaba y con las risas apenas conseguía retener el polvo de mambe en el interior de la boca. El interrogatorio era similar al que un médico hubiera realizado a su paciente en la cama de un hospital. Vaya, ciertamente, otro antropólogo amateur ; he pensado. Acababa de tener esa impresión cuando me contaban que el Beso de Negra tenía efectos alucinógenos. Con la poca cantidad de DMT que lleva la Psychotria Poeppigiana, para que tuviera algún efecto siquiera psicoactivo, habría que llenar unos cuantos cestos. Como analgésico suave, sí vale; pero no es para nada como la Psicotria Cartaginensis o la Viridis, que presumiblemente algunos chamanes Suar mezclan en Ecuador con la Banisteriosis Caapi. Si no conozco demasiado a la gente, no hablo de este tema. Tengo la impresión de que las historias acerca de la ayahuasca, dado el atractivo popular de lo psicodélico, han contribuido en diseminar una idea de la praxis de la antropología aún más decimonónica de lo que creo que en realidad es en nuestros días. Quizá la proliferación de turistas con interés por temas de esa índole con el hecho de que, a la hora de cenar, antes de que, tanto si queríamos como si no, se nos llevara a la maloca a escuchar a Cayetano en su litúrgica ceremonia de preparación del mambe, Elvis haya insistido tanto en contarnos cómo se hizo inocular en once puntos de su cuerpo el veneno de la rana Phyllomedusa Bicolor, probablemente la Dermorfina, un opiáceo natural, y nos haya contado sus andanzas con los Matise, con quienes tuvo una vez que enfrentarse machete en mano.
Será que hoy a los animales les da por aparecer y desaparecer. ¿O soy yo quien cambia la percepción de las cosas? Concluyo que tanto da quién sea quien cambia. Lo interesante es que acuso un cambio. Más aún : que ese cambio se dé ; independientemente de si alguien lo acusa o no. Otro avión. ¿Un bimotor militar? Con la de historias que acabo de escuchar hoy, no hay manera de concentrarse en la escucha. Recuerdo justo ahora a Cayetano, el supuesto sabedor que regenta la maloca, con su toalla al cuello esta noche antes de empezar la ceremonia. Me ha dado la impresión de que acababa de ducharse con objeto de mejorar su apariencia ante nosotros. Llama la atención el interés que Elvis muestra por transmitir su verdad; presumiblemente, la del conocimiento indígena. Cayetano y Elvis han hablado largo rato de enemigos y enfrentamientos. Casi siempre, los oponentes eran otros sabedores ; así, otros supuestos poseedores de conocimiento, de poder. Cuando no, se trataba de seres míticos, como la Gurupira, el monstruo sin cabeza y con un ojo en el abdomen, comedor de carne humana. También, de la Sónida, esa dimensión indígena que parece a caballo del ensueño y el éxtasis y de esas selvas interiores inaccesibles en el interior de la propia selva. La lucha entre quienes ostentan algún tipo de poder es algo común a la especie humana, pienso yo. Los enemigos, los mitos recursivos y las bestias sobrenaturales, todos ellos me parecen a mi síntomas del desarrollo natural que los sistemas manipuladores de símbolos pueden llegar a experimentar siempre que el contexto energético induzca a ello. No hacen falta humanos para que eso ocurra. Para algunos, el miedo a lo desconocido es mucho menos doloroso que el miedo a desconocer. Aún es peor, a veces, el miedo a que se sepa que se desconoce. Petrarca escribía hace medio milenio :
Et lei seguendo su per l'erbe verdi
udi dir alta voce di lontano :
“Ai, quanti passi per la selva perdi”.
Allor mi strinsi all'ombra d'un bel faggio,
tutto pensoso; e rimirando intorno,
vide assai periglioso il mio viaggio;
e tornai in dietro quasi a mezzo il giorno.
Si tienen enemigos, ¿qué verdad poseen más poderosa que la de otros? En el fondo parece que sienten el mismo vacío que muchos en otras culturas. El mismo vértigo ante el desconocimiento. No es éste un indicio que se corresponda con la realidad de alguien verdaderamente sabio o poderoso. Cayetano debe mantenerse siempre alerta, por eso canta hasta altas horas de la noche, explica Elvis. Síntoma neurótico donde los haya, me vuelvo a descubrir opinando. Parece que al principio, a Cayetano le da algo de pereza explicarse. Cuando lleva un rato con el mambe y el ambil, se empieza a divertir y entra en materia in crescendo. Pero Elvis está constantemente alerta : cuando Cayetano tiene la boca llena de mambe y, a pesar de ello, habla, Elvis traduce. Ni Cayetano ni él nos escuchan, en realidad. Su único interés es impregnarnos de su discurso. Está claro que aquí hemos venido a callar. Me da la sensación de que tanto la actitud de uno como la del otro se emparenta con el divismo. Se comportan como si ellos fueran estrellas de cine y nosotros, periodistas. De hecho, algunos, esta noche, por sus preguntas, hubieran podido perfectamente pasar por periodistas del corazón. Creo que la propensión de muchos indígenas a explicar historias de sus poderes y sus saberes, como Yua, que a menudo duerme en una hamaca del salón de Casa Alba, se debe a que muchos de quienes llegan a esta zona tan lejana preguntan acerca de cosas para las que no existe una respuesta formalmente aceptable. Y ellos, no teniéndola, pero comprendiendo que en el asunto hay negocio, la venden. La tengan o no la tengan. Antes la construyen, por supuesto ; y en el proceso, como los puntos de partida son los de su tradición terminan creyéndoselas.
18.10.2009
S04.04.945-0069.58.014 . 04.45 . 18.10.2009
A la entrada del Bosque de Moruy . Sin comentario
S04.04.945-0069.58.014 . 05.08 . 18.10.2009
A la entrada del Bosque de Moruy . Sin comentario
S04.04.828-O069.58.007 . 05.46 . 18.10.2009
En mitad del Bosque de Moruy . Sin comentario
S04.04.731-O069.58.015 . 06.16 . 18.10.2009
En mitad del Bosque de Moruy . Sin comentario
S04 04.988-O069.58.042 . 08.56 . 18.10.2009
Lluvia en la Maloca de Moruy . Sin comentario
S04.12.119-O069.56.086 . 23.00 . 18.10.2009
Casa Alba . Grabación en ausencia
19.10.2009
S04.07.221-O069 57.264 . 15.40 . 19.10.2009
Tanimboca . Grabación en ausencia
S04.07.214–O069.57.321 . 15.48 . 19.10.2009
Tanimboca . Toma 1
Tanimboca es una finca de veintisiete hectáreas acondicionada para que sus visitantes lleven a cabo actividades de deporte de aventuras. Sus propietarios nos hablan de los mitos vinculados al sonido que ellos creen propios de la zona. Por ejemplo, les impresiona mucho el sonido aterrador que supuestamente produce una víbora de 4 metros de largo y un palmo de diámetro. Según ellos, nadie la ha visto pero sí oído. Me gustaría escuchar ese sonido, claro está, pero lo que a nosotros nos interesa no es tanto el sonido como las relaciones que se establecen entre los sonidos; si se enmascaran o no, por ejemplo. Todo está muy cuidado en Tanimboca. El tránsito a través de la selva es muy fácil, comparado con el trayecto a Moruy. De vez en cuando, el visitante descubre alguna cabaña encaramada en lo alto de un grupo de palmeras. Alguna de ellas, a más de veinte metros.
En esta primera grabación, se escuchan insectos de fondo y aves varias. Una silbogorjeante parecida a alguna de la primera hora de la tarde de Moruy. El silbogorjeo es una palabra que me acabo de inventar. No se trata de un concepto que el lenguaje defina de una manera determinada, pero lo cierto es que sí existen sonidos que aúnan las componentes sonoras del silbido con las del gorjeo. Este podría transcribirse como uibibibi-uibibibi. Dura veinte segundos y calla.
Un nuevo actor nos ofrece un trino largo compuesto. Su canto es mucho más percusivo, muy lejano a la idea de gorjeo y, casi más aún, a la de silbido. El ataque es verdaderamente rápido en forma de 't' y en dos ciclos de ráfagas, el primero mucho más filtrado que el segundo : tititititi-tatatata. No queda en silencio hasta al cabo de un rato bastante largo.
Otras aves vuelan lanzando graznidos suaves. Su cambio de posición es acústicamente bien patente. Cuanto más suave, más. Compiten en efectos de fase con los que generan los insectos volantes a mi alrededor precisamente cuando de la dirección de la recepción de la reserva nos llega una serie de golpes de fondo, presumiblemente, de naturaleza humana. El suelo está bastante seco. Un te-té de 2 segundos de período se anticipa a un silbido con bastante soplo. Fuiiii. A saber qué será lo que lo produce, pero no hay tiempo para pensar, porque nos visita un juguete en forma de pájaro al que alguien debe estarle dando cuerda. Otro igual se acerca por detrás y comprendo entonces que la diferencia de fase es la responsable del efecto envolvente. ¿Dónde estarán? ¡Se oyen tan cerca! Son los silbogorjeantes uibibibis quienes se juntan luego y, por estar a distancias diferentes de nosotros, se produce otro extraño e interesante efecto. La diferencia de fase es verdadero leitmotiv de esta sesión. Por desgracia, el guía no para de hacer ruidos y el caso es que yo diría que no hacía falta ningún guía, porque Tanimboca, un lugar donde se hacen recorridos de aventura, es un parque bien organizado donde parece difícil perderse. Igualmente, pienso, es mucho más arduo apreciar el interés de un paisaje sonoro que el de un sonido aislado : ya de por sí resulta complicado comprender la belleza de la ingente cantidad de detalles encerrados en el interior de un único sonido, que la apreciación de los incontables recorridos mentales necesarios a la experiencia plena del paisaje sonoro parece una empresa desproporcionada.
S04.07.270–O069.57.402 . 16.25 . 19.10.2009
Tanimboca . Toma 2
El paisaje sonoro es muy bello y delicado. Los niveles son bajos. Tal vez se deba a la hora. Hay algo que genera un sonido percusivo mientras gira a nuestro alrededor. Las cigarras, que parecen dinamos de linterna de lo fuerte que suenan, se contestan. Se sincronizan y se desincronizan, como todos los relojes naturales del mundo entero. Hay un ligero gorjeo por ahí y algún pitido flojito. El agua se escucha durante todo el rato.
¡Loros! ¿Vuelven del parque ya? Deben ser otros, porque los del parque de Santander de Leticia se están allí hasta que oscurece. Precisamente, su sonido es ensordecedor. Muchos consideran que se trata de un claro fenómeno de contaminación acústica. A lo lejos, ranas. Las hojas caen continuamente, pero nadie diría que ayer estuvo lloviendo todo el día. Hasta parece que hay polvo en el suelo. ¿Se levanta viento? No llueve, pero casi. Sí, un poco. Para. Una gallinácea se confunde con un grillo al tiempo que un insecto ululante entra de nuevo en escena, con un período largo. Tan largo es, que parece que se haya callado. Los loros lo enmascaran un poco y da la impresión así de que suena más flojo. Al final, mosquitos y batracios se animan. Pronto empezará a caer la noche.
20.10.2009
S04.05.831-O069.56.237 . 05.54 . No se tomó sonido
Camino de El Zafire
Tarapacá está a unos 180 km de Leticia por tierra. La carretera asfaltada termina en el kilómetro 24. Luego, no está claro si el camino llega a Tarapacá de manera aceptable para algún tipo de vehículo motorizado o si sólo se puede llegar a pie. La gente de por aquí llama Los kilómetros a esa carretera. A sus lados, las vallas delimitan fincas privadas. Esta mañana nos hemos desviado hacia la derecha en el Kilómetro 11. El taxi nos ha dejado al cabo de unos 3 kilómetros, justo delante de una maloca. Nuestra intención es dirigirnos hacia el norte siguiendo la frontera con Brasil hasta llegar a El Zafire, la estación de investigación botánica de la sede leticiana de la Universidad Nacional. Nos guía Ever, que forma parte del equipo de apoyo de la estación.
S04.04.704–O069.54.571 . 08.15 . 20.10.2009
Parada de Bacabillo
Son las 8:15 de la mañana. Tras el desayuno, copioso, con suero para no perder electrolitos, zumo de frutas y bocadillitos, grabamos. Bacabillo es un alto tradicional de los guías en el camino a El Zafire. Se trata de un pequeño claro en la selva junto a una quebradita cuya agua, dicen los biólogos de la nacional que es potable. Imposible describir la vegetación. Debe haber cientos de especies ante mí. Me fijo, sin embargo en una chonta, que va tirando raíces en forma de garra a medida que las necesita.
Los pájaros se oyen lejos. De hecho, todo está lejos. Excepto algunos insectos de élitros batientes. El que suena a sierra de madera, esta lejísimos. La pía chillona canta 4 notas : tónica, sexta mayor alta-séptima, sexta menor, cuarta aumentada. Las moscas vienen a nosotros y la quebrada es mucho más que el silencioso pasar del agua : reflejos variables que iluminan el tronco de los árboles cercanos
Ese insecto que parece una sierra mecánica se ha acercado, pero calla súbitamente. Muy lejos se produce un ritmo rápido que se detiene de repente. Un ave que hace pi pi pi-i pi-i y la pía continúa, de manera que crea un fondo absolutamente monótono. La luz del sol entra poco a poco en la selva. Muy despacito, se acerca a mis pies, que mantengo inmóviles para no hacer ruido. Ilumina el suelo, lo llena de color, acentúa sus formas. Las hojas caen en la quebrada, aparentemente insensible a los movimientos del avión del ejercito, que no para de dar vueltas.
S04.00.146-O069.53.843 . 16.23 . 20.10.2009
El Zafire . Grabación en ausencia
S04.00.134–O069.53.701 . 17.04 . 20.10.2009
El Zafire . Toma 1
Hemos tardado más de 7 horas en llegar a El Zafire, la estación de investigación biológica de la Universidad Nacional, a la que hemos podido acceder gracias a las gestiones que Carlos ha llevado a cabo con María Cristina Peñuela, la directora. Arena blanca, significa esa palabra en Huitoto. Ya lo he escrito en algún otro comentario, pero no está de más decirlo ahora. Y es que el suelo es de tierra blanca, especialmente en el bosque de varillar donde la estación está situada. Las especies dominantes de la zona son, según Ever, nuestro guía, y en sus propios términos, eveas nítidas, paquiras y disimbes. No hay manera de que sistematice. Unas veces nos da el nombre linneano y otras, el tradicional de por aquí. No importa demasiado, porque no vamos a la caza de especies. Lo que nos interesa es el contexto y la diversidad que captamos en nuestras escuchas.
Desde que empezó la caminata, he contado más de sesenta quebradas. Las he marcado todas en el GPS. Posiblemente hayamos atravesado más. Hacía un calor tremendo en el interior de la selva. Como en una sauna. Cuando atravesábamos los pocos claros era peor: el sol evaporaba la poca agua que quedaba en nuestros tejidos. Ha sido agotador. Suerte que íbamos parando para grabar y descansar, porque si no, aún hubiera sido mucho más duro. Para mí especialmente, porque me he empeñado en documentar las coordenadas de cada barrizal. Me paraba a darle nombre y así los otros se alejaban y yo retomaba la marcha para alcanzarles. Eso me ha hecho terminar bastante cansado. Cuando ya creía que la quebrada que atravesábamos estaba aun lejísimos de nuestro objetivo, ha aparecido ante mi vista la maloca principal. A medida que subíamos la escalera, los otros cobertizos de la estación han ido emergiendo. Hay un comedor, los baños, la cocina, un aula con una pizarra donde Ever nos ha prometido que nos enseñará los nombres de las plantas en su lengua, un apartamento para el responsable y un almacén de material, cerca de las tres placas solares que abastecen de energía eléctrica a los poquísimos dispositivos electrónicos. Más tarde me daré cuenta de que también hay una carpa para tender ropa y, hacia el bosque del lado contrario de donde hemos llegado, dos viveros donde se llevan a cabo experiencias relacionadas con el estrés de las plantas.
Al llegar, Ever, también exhausto y acalorado, nos cuenta que por aquí canta una verrugosa de 4 m de largo y medio palmo de ancho. Se trata de esa víbora terrorífica que unos dicen haber visto y otros, que nadie ha visto jamás. Tiene gracia. Nuevamente, los mitos de la selva. Lo que se oye termina siendo visto de tanto imaginarlo. En la selva, cuando alguien te dice haber visto algo, no puedes estar seguro de que realmente lo haya visto. Puede que tan sólo lo haya oído.
Hace rato que ha dejado de llover, pero el agua aún cae de los árboles. Están ahí los insectos de siempre, bastante creciditos, dada la hora. De hecho es lo que más he escuchado desde que llegamos. Están presente en todos los planos. Por todas partes. Me pregunto qué resultado acústico se produciría si las bacterias y, en general, los microorganismos generaran vibraciones de presión audibles. Los pájaros se oyen muy poco densos. Cuando llevamos callados un rato, tímidamente aparecen actores nuevos, con sus periodicidades nuevas y sus bandas pasantes ligeramente distintas. Muy cerca tenemos un grillo cuyo patrón sonoro es rítmico, sin duda, pero parece manifiestamente aleatorio por alguna causa. Muy interesante, la discusión acerca de la aleatoriedad en condiciones perceptivas extremas. Cuando el tempo es lentísimo, uno no puede decir si el patrón es rítmico y predecible o aleatorio e impredecible. Desde luego que para quien como yo no percibe con precisión la distancia temporal, es impredecible, pero eso no significa que en sí las distancias temporales no sean casi iguales. Mientras pensaba en esa cuestión, las chicharras han dado comienzo a sus emisiones circulares, pero repentinamente se han callado, casi al mismo tiempo que una rama cargada de agua ha estado a punto de caérseme encima.
Repuesto del susto, me percato de que hay por ahí un par de aves conversando en tono menor. De nuevo, las circularidades rítmicas de las chicharras enmascaran al tímido grillo, aparentemente aleatorio. Él permanece durante más tiempo que ellas, sin embargo. Diría que hay una pía chillona detrás nuestro, pero no alcanza a ponerse en marcha, como hasta ahora hicieron todas aquéllas con las que nos hemos topado. No importa, porque la densidad de actores aumenta y también su nivel general. Los sonidos proceden de todos sitios, como le gustaba a Cage. Y a todo esto, una cigarra circular canta muy cerca, a mano izquierda. ¡Y otra, a mano derecha! Son contrapuntos al sonido del agua que cae de los árboles : por aquí y hoy, el cantus firmus lo lleva el agua aún más que los insectos. Nada más pensar esto, como para llevarme la contraria, un sonido muy grave se escucha viniendo de El Zafire. ¿Fue un trueno? Espero que sí, porque si no, es un terremoto o un platillo volante. Pocos elementos naturales tienen la energía sufici
S04.00.210 – O069.53.748 . 17.29 . 20.10.2009
El Zafire . Toma 2
Tras bajar una pendiente sin demasiada vegetación y de la mano de Juan Carlos, llegamos al segundo embarcadero de El Zafire. Es cierto lo que dicen : en esta zona, la capa fértil es verdaderamente frágil. ¿A dónde se podrá llegar en barca desde aquí? No hay respuesta. A Juan Carlos no parece importarle. Como el río abre una brecha considerable en la espesura, la imagen sonora de los insectos cantores se aprecia un poco lejos, pero en compensación, muy cerca, se escucha una melodía. Probablemente la interpretan unos batracios. ¿Ranitas? Elvis, Ever y Juan Carlos coinciden en que ese sonido tan armonioso se debe a unas ranitas pequeñas y de color oscuro. Será, pues. Pero por más que nos intrigue, poco importa ahora cómo será su aparato fonador para que suene tan metálico. Lo relevante es la forma en que todo se arquitraba : junto a las de las cigarras, las respiraciones de esa ave confieren al conjunto el ritmo mágico sobre el que el sonido acampanado de las ranitas se superpone. Verdaderamente interesante. A veces se sincronizan, pero pierden la sincronía bien pronto. De súbito, una voz humana en la estación biológica. No importa : el sonido más presente y relevante es el de las supuestas ranitas. Se trata bien claramente de tres notas cuya separación interválica parece de una tercera menor. En realidad, los dos sonidos más graves están separados de una segunda mayor y los dos más agudos, de una tercera menor. Tercera menor más segunda mayor, cuarta mayor. El resultado rítmico remeda perfectamente el de un campanario cuando las campanas repican al viento. Pero en miniatura. Se dan todas las posibles ordenaciones de tres elementos. La secuencia es el rico fruto del azar. Nuevamente, el azar, siempre presente, y esa ave continúa respirando en nombre de toda la selva. ¿Es eso otro trueno lejano? Parece que sí ; y, tras él, un nuevo actor, probablemente, otro pájaro. Calla, pero las ranitas continúan su letanía mientras más actores se manifiestan. Entre ellos, un pájaro que canta detrás nuestro, sus producciones separadas de una segunda menor algo estrecha. Con la oscuridad, el concierto se hace más intenso. Nos vamos. ¿A cenar?
S04.00.181–O069.53.767 . 17.50 . 20.10.2009
El Zafire . Toma 3
Nos hemos acercado a la entrada de la selva para instalar la grabadora Wild Life, que, como de costumbre, se quedará trabajando toda la noche. Justo antes de volver al recinto de Zafire, grabamos con la Fostex. Casi puede verse el techo del vivero donde las plantas crecen sin que se les permita la caída directa de agua sobre sus hojas. Parece que así crecen más. Eso es una de las cosas que estudia Juan Daniel en este lugar fronterizo alejado de casi cualquier presencia humana. Zafire significa arena blanca en Huitoto y así es el suelo del bosque varillar donde se asienta la estación de investigación botánica del Departamento de Biología Amazónica. Muy cerca de nosotros, un animal produce un discreto aullido marcadamente rítmico. Es selva cerrada. Parece que un congénere le responde desde la lejanía. Se confunde con su propio eco. Las ranas continúan a lo suyo y el canto de los insectos de generación continua empieza a dominar la noche. Sin parar, caen gotas de los árboles. Imposible saber si verdaderamente llueve. En cualquier caso, podría ser que no dejaran de caer nunca. Hace un rato se ha desprendido una rama entera por ahí, como la que hace un poco más casi se desploma sobre mi cabeza.
Más insectos y aves, discretos y poco intensos, pero cada vez más presentes. Los ritmos totalmente circulares de los insectos se solapan los unos con los otros, de manera que la percepción de un ciclo rítmico total para el conjunto parece improbable. De hecho, no existe. Nuestro compañero cercano ha mutado el color de su canto en algo más ronco y parece que se va callar. Se calla. ¿Ha conseguido su objetivo? ¿Tenía alguno? Tímidamente, vuelve. La periodicidad ha cambiado. Puede que se haya cansado. De hecho es muy cansado repetir los cánticos. Requiere mucha energía cantar, pero su congénere lejano no calla. Tampoco las ranitas ni las aves. Nuestro amigo vuelve a la carga, menos ronco e igualmente periódico. La oscuridad es casi total y la sensación acusmática de sonido envolvente y fuente misteriosa se hace aún más intensa.
S04.00.182–O069.53.754 . 18.10 . 20.10.2009
El Zafire . Toma 4
Volviendo del bosque varillar, Juan Carlos, el asistente de Juan David Turriago, nos lleva a la zona de experimentación botánica y escuchamos sonidos de campanitas, o mejor, de lámpara flourescente que no termina de encenderse; de ésos que, según los especialistas con los que hemos tenido la oportunidad de encontrarnos, son producidos por unas ranitas aún invisibles para nosotros. De hecho, eso es lo normal en la selva : oir y no ver. Además, es de noche. Cuando preguntamos a los indígenas si alguna vez han visto una determinada especie, parecen no distinguir entre ver y oír. Sólo hay distinción clara al preguntarles si se han encontrado alguna vez con ella. Sea como sea, tenemos ahora una de esas ranitas bastante próxima. Es de las que da la altura media entre las tres alturas que hemos escuchado en sonidos de este tipo. Las aves continúan su diálogo enmarcado por largos silencios y los insectos, lanzados al frenesí de su interpretación maquinal, no abandonan el canto. La mayoría son cigarras, nos dicen. Como las del Fedro, pienso yo, que "fueron en otro tiempo hombres de los nacidos antes que las musas. Nacidas empero las musas y aparecido el canto, a algunos de ellos los sacó tan fuera de sí el placer, que cantando, cantando, descuidaron comer y beber y, sin darse cuenta, murieron". Aparece ahora una de las ranitas de sonido campaniforme agudo, de los de un semitono por encima de los de altura media. La superposición de ritmos cuasi periódicos es el máximo responsable de la apariencia de complejidad que se tiene cuando uno se somete a la escucha de la selva. Ranas de mayor tamaño croan a lo lejos y me atrevo a pensar que posiblemente la superposición de planos espaciales se superpone a la de planos temporales en un dominio perceptivo común. El hecho de que las ranitas de sonido campaniforme no canten en la misma frecuencia me hace pensar que quizá sean más sensibles al color espectral, al comportamiento dinámico y, quizá, también al ritmo. Sin embargo, eso es algo que debo dejar a otros investigadores : mi dominio no es la Biología; tan sólo la descripción de mis experiencias sonoras. Ahora que la noche se ha instalado definitivamente por toda la selva, nosotros, bajo el techo del cobertizo, reparamos en que por una vez estamos protegidos de la lluvia. Desde aquí se escuchan menos gotas de agua que en el bosque, porque el cobertizo está instalado en el mismo claro que el resto de las otras dependencias de El Zafire. Pero los mosquitos atacan y uno ya no puede pensar más. Hay que ir a cenar.
S04.00.176–O069.53.720 . 21.12 . 20.10.2009
El Zafire . Toma 5
Después de cenar, Juan David nos ha estado contando que los bosques varillares, como el que rodea El Zafire, sufren grandes tensiones y que precisamente, las marcas isotópicas de carbono 13 y oxígeno 18 en la vegetación se hacen más importantes cuando esas tensiones tienen lugar. Un bosque varillar debe ser, pues, un buen sitio donde apreciar manifestaciones del cambio climático. Como casi todos los científicos que conocemos, piensa que la influencia antrópica en el calentamiento global es una realidad y que esas marcas isotópicas dan información acerca del cambio climático, pero que también se hallan indicios importantes en los troncos de los árboles así como en la presencia de especies extrañas en ciertos lugares. Contendrá el paisaje sonoro información acerca de esas cuestiones? Así lo sugerirá otro científico unos días más tarde cuando escuche el relato de nuestras tomas de sonido en el Congreso del Cambio Climático de Manizales. Podría ser que el paisaje sonoro fuera una buena herramienta de evaluación de la biodiversidad.
Curiosamente, Ever y Juan Carlos también cantan por la noche, como Cayetano. ¿También para conjurar enemigos? Les pedimos que guarden silencio un rato durante la última sesión de grabación en el claro de El Zafire, que tiene lugar justo a la entrada del bosque desde el que se llega a la estación después de pasar el árbol de tronco grueso atravesado sobre el río. Oscuridad total. Las ranitas campanolaringófonas han desaparecido. Un moscardón revolotea a mi alrededor. No lo veo, así que sólo me permito decir que algo suena a moscardón. Podría ser un coleóptero o cualquier insecto volador capaz de zumbar. Pero revolotea demasiado para no parecerme un moscardón. Por todas partes, el continuum de insectos nocturnos. Un paisaje sonoro de alta fidelidad contiene infinidad de planos. Como éste. Cigarras y batracios suenan muy cerca, pero bien lejos, entrelazados en la maraña constante de capas y más capas de insectos, distingo otros batracios. Los llamo batracios, porque anuros me suena demasiado especializado. Por lo que sé, no existen diferencias biológicas claras entre unos y otros. Por mi cultura popular europea, llamo ranas a los batracios que emiten sonidos de ataque rápido, como campanas o croares. Sapos, a los que emiten otro tipo de sonido, de ataque y extinción más lentos y, sobretodo, mucho menos definidos en el tiempo, como vacilantes. Es más difícil saber con precisión cuando empiezan o terminan. Seguramente la Wild life los registrará, porque suenan del mismo lado en que la instalamos. Con timidez extrema, un pájaro que podría ser un gorrión, pía. Puedo también distinguir algo, un sapo, tal vez, que levemente emite a periodicidad larguísima. Tanto, que no aprecio bien cuán periódico o aleatorio es el lapso de tiempo entre un sonido y el siguiente. No puedo asegurar que se trate de una cosa u otra. Con suerte, eso sólo podrá decidirse a la vista del sonograma de la grabación. De repente, me da la impresión de que ha acelerado. Canta otro batracio algo más lejano y, en contraste con el primero, de voz bastante más áspera. Decididamente, es bien posible que los batracios sean también sensibles al período de las emisiones. Si no, ¿cómo iban a generar sonidos con una separación temporal tan grande? No tendría sentido. Muy lejos, más lejos que cualquier otra fuente, algo parecido a ladridos. ¿Serán monos, como pretendía Elvis en Moruy? El batracio de canto áspero ha reanudado su mantra. ¿Ocasional o periódico? Continúo sin poder distinguirlo. Las señales de la selva rozan el límite de lo que el espíritu humano es capaz de evaluar. Quizá de ahí todas esas historias de apariciones y desapariciones, sónidas, esa dimensión indígena de los sueños y de lo imaginario, de gurupiras comedores de carne humana con un ojo en la barriga que canalizan el extravío en la selva, de selvas paralelas inexpugnables en el interior de la propia selva y de espectros antropomorfos que nos raptan y a quienes, para escapar de la pesadilla, se impone dar el esquinazo con alguna triquiñuela. Sueños y realidades se confunden con realidades y sueños. Conocido es el contexto relacional del sonido con lo inconsciente y lo onírico. Que la selva misma sea un sueño no es extraño : ni de día la espesura permite la visión de la miríada de fuentes responsables de los sonidos que en ella se generan. La experiencia de esa escucha es, pues, como muchos han notado ya, de naturaleza acusmática. Casi nada se ve, a pesar de que casi todo suena. La selva es un lugar donde el sonido te envuelve en capas y, diverso y multiforme, procede de todas partes.
Se me comen los mosquitos. No hay luciérnagas esta vez. Ni cocuyos. Ninguna bioluminiscencia. Sólo cuando me levante a las dos de la madrugada podré ver alguna, pero entonces ya no estaremos grabando. Además, estará lloviendo.
Sin localización precisa . 20.10.2009
En el contexto de Puerto Nariño . Sin comentario
Sin localización precisa . 20.10.2009
En el contexto de Puerto Nariño . Sin comentario
Sin localización precisa . 23.10.2009
En el Aeropuerto de Bogotá . Sin comentario
Sin localización precisa . 23.10.2009
En el Aeropuerto de Bogotá . Sin comentario