Escafoides de la mano izquierda

Pedro G. Romero
Comentarios a Ni en la vida, ni en la muerte, sobre Original y Plagio

Como un nicho,
enseña la llaga en la palma de la mano.
Por donde pierde las monedas.




Fue el propio Silverio Lanza quien recriminó a Ramón Gómez de la Serna el que éste se jactara de plagiarle. No entendía Lanza que los valores románticos sobre la originalidad -la dicotomía sobre el termino, considerando original, unas veces lo originario y otras lo extravagante y raro-, encontraban su solución en la práctica de la escritura moderna. En cualquier caso, lo que Silverio Lanza pretendía era restar importancia a cualquier especulación sobre el asunto, abandonando cualquier reflexión sobre la originalidad o el plagio en la obra de arte, entendiendo, como radicalmente lo hace el Menard de Jorge Luis Borges, que en toda obra se dan absolutamente las cualidades de originalidad y plagio, y que su debate, tan receloso siempre Silverio Lanza ante los poderes privados y públicos, solo podía ofrecer coartadas para que éstos se enriqueciesen a base de limitar la libertad en las prácticas artísticas. Estamos hablando de los primeros años del siglo, cuando la tecnología aun no había flexibilizado y democratizado las prácticas del plagio.

Bernardo Atxaga nos recuerda en su "Leccioncilla sobre el plagio", que la palabra plagio deriva del latín "plagiare", término que antiguamente, en tiempos del imperio romano, significaba prender. El derecho romano consideraba plagiaria a la persona que se adueñaba de hombres que eran libres o pertenecían a otros amos, para hacerlos sus esclavos. Después el término se aplicó a aquellos que se adueñaban de un texto literario palabra por palabra y lo hacían pasar como propio y, aun hoy, se sigue utilizando la infeliz expresión hacer de negro cuando se escribe un texto o una música, etc, para que sea otro autor el que los firme. "Obsérvese que no se trata del procedimiento que siguen hoy en día los que tenemos por plagiarios. Hoy no se acusa de publicar bajo su firma un libro escrito por otra persona ; se le acusa, por ejemplo en el campo de la música, de tomar de alguien un fragmento formado por siete notas seguidas, o de apoderarse del argumento de una novela, o de pintar figuras que, como ocurría con las de Elmyr de Hori, guardan un gran parecido con las de otros artistas. Para decirlo con las palabras de un diccionario común, hoy se comete plagio cuando se copia en lo sustancial la obra de otra persona, aunque nunca queda muy claro qué se quiere decir con eso de sustancial.", continúa diciéndonos Atxaga, para seguir aclarando a lo largo de su Leccioncilla... la evolución de palabras como autor, originalidad y plagio.

Me interesa a mi volver al origen legal del término plagio, pues cercana a esta figura legal fundamenta el filósofo italiano Giorgio Agamben su política, que ha publicado bajo el título de Homo Sacer. "Protagonista de este libro es la nuda vida, es decir, la vida a quien cualquiera puede dar muerte, pero que es a la vez insacrificable del homo sacer, cuya función esencial en la política moderna hemos pretendido reivindicar. Una oscura figura del derecho romano arcaico, en que la vida humana se incluye en el orden jurídico únicamente bajo la forma de su exclusión (es decir, de la posibilidad absoluta de recibir la muerte de manos de cualquiera), nos ha ofrecido la clave gracias a la cual no sólo los textos sagrados de la soberanía, sino, más en general, los propios códigos del poder político pueden revelar sus arcanos. Pero, a la vez, esta acepción, que es quizás la más antigua del término sacer, nos ofrece el enigma de una figura de lo sagrado que está más acá y más allá de lo religioso y que constituye el primer paradigma del espacio político de Occidente." Lo que Agamben intenta es ampliar los términos del conflicto que describiera Foucault, la oposición entre la vida libre y la vida social del ciudadano, el aparente conflicto entre el cuerpo biológico y el cuerpo social en el hombre. Su proyecto pasa por fundar las diferencias entre uno y otro espacio, precisamente en la excepción que significan el uno para el otro. La reconciliación entre nuda vida y poder jurídico es la base de su política.

"El estado de excepción, en el que la nuda vida era, a la vez, excluida del orden jurídico y aprehendida por él, constituía en verdad, en su separación, el fundamento oculto sobre el que reposaba todo el sistema político ; cuando sus fronteras se desvanecen y se hacen indeterminados, la nuda vida que allí habitaba queda liberada en la ciudad y pasa a ser a la vez el sujeto y el objeto de ordenamiento político y de sus conflictos, el lugar único tanto de la organización del poder estatal como de la emancipación de él. Todo sucede como si, al mismo tiempo que el proceso disciplinario por medio del cual el poder estatal hace del hombre en cuanto ser vivo el propio objeto específico, se hubiera puesto en marcha otro proceso que coincide grosso modo con el nacimiento de la democracia moderna, en el que el hombre en su condición de viviente ya no se presenta como objeto sino como sujeto del poder político. Estos procesos, opuestos en muchos aspectos, y (por lo menos en apariencia) en acerbo conflicto entre ellos, convergen, sin embargo, en el hecho de que en los dos están en juego la nuda vida del ciudadano, el nuevo cuerpo biopolítico de la humanidad". Esta indeterminación a la que se refiere Agamben, es para mi esencial en la estrategia que su proyecto político refiere, pues es ese limbo el espacio posible para que vida y proyecto social se aúnen.

Y es en esta misma operación, volviendo a nuestro plagio, donde deberíamos fundar una política de actuación. La supuesta originalidad de la creación es algo que nuestro imaginario social quiere situar del lado de lo sagrado y desde la democracia capitalista, se pretende que ese sujeto se torne objeto mercadeable, más sin perder su condición sagrada, asociada desde ese momento a su valor pecuniario. Pero el plagiario que lo prende, que lo roba, no hace más que justificar la ley y sus valores, a través de su operación delictiva. Tanto los derechos de autor como el movimiento plagiarista son herederos de esta operación que pretende transformar en objetos mercantiles al sujeto de la producción artística. Quien copia, pensando que con ello realiza una operación lingüística o una estrategia política, no hace más que legitimar la improbable existencia de esa extravagancia que llamamos original. Siguiendo la tesis de Agamben, -tan deudora en ciertos aspectos de las reflexiones de Debord sobre el estatuto de la obra de arte y de las tesis de Marx sobre el carácter de fetiche de la mercancía-, las contradicciones existentes entre la objetualización del sujeto que dan lugar a la aparición de la obra de arte y la sujetivación del objeto que pretenden establecer un canon especial sobre él, deben de pasar por un periodo de indeterminación hasta que las contradicciones que ello implica se resuelvan. No existe nada que copiar pues se haga lo que se haga se esta copiando del mismo modo que es imposible la copia pues hagas lo que hagas siempre será distinto, diferente, original.

La figura del plagiario existe, desde luego, en el contexto del esclavista. Llámense CEDRO, SGAE o VEGAP, los señores romanos siguen beneficiándose de que el estado les legisle en su favor. Pero no sería el asunto defender a aquellos que por su cuenta y sin permiso del senado, toman esclavos en su dominio, el asunto sería la abolición de la esclavitud.

El derecho de autor fue concebido siempre como un privilegio, lo dieran los príncipes o el estado, y solo la reproducción técnica permitió que fuese semejante al derecho de propiedad. La concepción romana por la que no se concebía que los frutos de la inteligencia pudiesen ser objeto de derechos cuando tenían reconocimientos en forma de honores, premios y fama, solo cambia con la invención de la imprenta, momento en que los poderes aprovechan para cosificar estas operaciones intelectuales, pensando así, que se desarrollarían solo bajo la concesión de sus privilegios. Tal figura aberrante aún no ha cambiado, por mucho que estos privilegios los conceda ahora un parlamento elegido por el pueblo. La falta de distinción romana entre el derecho de propiedad sobre el "corpus mechanicum" y el derecho sobre la creación intelectual, no se ha solventado más que cuando esta última concepción ha encontrado sus expresiones mecánicas, es decir, sus desarrollos técnicos. Esta mecánica genera tal democratización de derechos que sólo bajo la instrumentalización de los canales, sean éstos asociaciones de propietarios intelectuales o partidos políticos, puede controlarse tal plusvalía democrática. El resto de los considerandos técnicos, es decir el robo del objeto que no del sujeto artístico, llámese a los instrumentos fotocopiadoras, grabadoras o internet, y sus diferencias pecuniarias debería solventarlas el Ministerio de Industria.

En su diatriba contra los derechos de reproducción gráfica, Rafael Sánchez Ferlosio lanza su más furibundo ataque contra los escritores mismos, cómplices de aquella nefasta legislación, bajo el pretexto de los derechos de la cultura : "¿No saben los escritores que ellos no se deben a sí mismos y a sus propios intereses, como los industriales, sino al público y a los intereses públicos, que su deber no es el de ganar dinero, sino el de procurar que tenga la mayor difusión posible lo que han discurrido y han escrito por creerlo verdadero y digno de ser conocido por todos los demás? ¿No saben que ser escritor y ejercer la suprema libertad de determinar tú mismo la naturaleza, el sentido y el designio de tu propio trabajo es un privilegio del que no goza ni remotamente ningún otro trabajador pobre ni rico, comer tu pan en paz, sin la constante inquietud y sobresalto por el destino de sus inversiones en que viven los desdichados capitostes de la industria incluso cultural? ¿No saben que escribir no es trabajar? ¿Cómo pueden asociarse a los editores, cuyo tristísimo deber es el de ganar dinero, y cuya índole es, por tanto, la determinada por el interés privado, ellos, que más aún que los políticos, son hombres públicos por definición? ¿Qué clase de contubernio es, pues, éste de la cooperativa CEDRO, donde se asocian aquellos cuyo interés fundamental no puede ser sino el de que lo que han escrito, por creerlo verdadero o beneficioso para todos, alcance el mayor grado de difusión posible, aunque tenga que ser a través de fotocopias que no les den un céntimo, con aquellos cuyo interés está en exprimir hasta la última perra chica lo que editan? No ; en todo esto hay un grave malentendido y un error capital, o, mejor aún, capitalista." Sustitúyase a CEDRO y sus escritores por cualquier otra organización y sus asociados artistas.

La trampa pasa por imaginar que el carácter sagrado que se reconoce en toda creación, por lo que ésta tiene de auténtica vida, pueda emparentarse con los valores dinerarios que los objetos sagrados al uso -religiosos, tribales, etc- tienen, poseen en el marco de la democracia espectacular y capitalista, y reivindicar tal carácter como manera de legitimar nuestro trabajo, derecho a subsistencia y buena vida en ése mismo marco. Y digo trampa por que con esto los artistas nos hemos convertido en artífices principales de los mecanismos de poder que esta sociedad desarrolla, legitimando con nuestra actitud el uso manipulador y totalitario, especulador y espectacular, que del imaginario artístico se hace.

Siempre se ha dicho, es un adjetivo más de la descripción romántica del creador, que los artistas tienen un agujero en la mano. Cuando un genio, un creador, un artista se te aparezca quejándose de los infortunios de su creación, mostrándote los estigmas que la práctica de su arte le ha dejado señalados en la palma de su mano, debes saber que te enseña la raja por donde pierde el dinero, llagas que quiere cerrar para convertir en bolsa su puño.

Pedro G. Romero